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Comentario a las lecturas del Cuarto domingo de Adviento – 22 de diciembre de 2019 – Año A

Jesús, el “Dios con nosotros”

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1.- Introducción

El hijo de la Virgen María tiene un doble nombre: el usado por sus contemporáneos – Jesús, quien libera de los pecados,  y aquel que le atribuye el evangelista Mateo – Emmanuel, Dios con nosotros.

La primera grande herejía fue introducida por un brillante dialéctico del siglo IV, Apolinar de Laodicea: sostenía que Jesús sí tenía un cuerpo humano, pero no un alma como la nuestra. Temía que, acordándole una plena humanidad, resultara ofuscada su divinidad. No le hacía a Jesús un gran favor: lo alejaba de nuestro mundo, de nuestra condición; le quitaba el segundo nombre, el de Emmanuel.

En la expresión de Juan la Palabra se ha hecho carne (Jn 1,14), el término carne no indica solamente la corporeidad sino todo el ser humano entendido en su dimensión de debilidad, fragilidad, de limitaciones que se derivan del hecho de ser creatura.

En María el Unigénito del Padre no está solamente revestido de músculos, sino que ha tomado plenamente nuestra condición humana.

Ha probado nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras pasiones; ha experimentado las alegrías de los afectos y la desilusión de las traiciones; ha compartido nuestras ansiedades, nuestros dolores y humillaciones, nuestra ignorancia, nuestra satisfacción de aprender y también nuestro miedo frente a la muerte. No se ha unido solamente a un “cuerpo verdadero” sino que se ha hecho “realmente hombre”, en todo como nosotros menos en el pecado. Por eso es el Emmanuel, Dios con nosotros.

2.- Reflexión

En este tiempo de Adviento estamos reflexionando acerca de los deseos, de cuál debe ser nuestro deseo. Y a veces las personas deseamos o esperamos algo sumamente difícil, tanto que los demás nos dicen: «Estás deseando un imposible», porque es algo que se ve prácticamente irrealizable, o que queda totalmente fuera de nuestro alcance. Y si a pesar de todo continuamos esperando o deseando eso, se nos tacha de ilusos y de poco realistas, porque deseamos algo que no puede ser.

Sin embargo, nos disponemos a celebrar algo «imposible» desde una mentalidad humana: el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros, en la humildad de nuestra carne, algo que el ser humano nunca hubiera podido imaginar o concebir. Y en este cuarto domingo de Adviento hemos escuchado cómo sucedió esa encarnación: «La madre de Jesús estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo».

Algo «imposible» de aceptar. Por eso no es de extrañar la reacción de José, que en un primer momento «decidió repudiarla en secreto». Pero José es «hijo de David», y por tanto conocía y tenía presente «lo que había dicho el Señor por el profeta: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (que significa: «Dios-con-nosotros»)». José también sabía que esa profecía fue hecha a «la Casa de David», como hemos escuchado en la 1ª lectura, Casa de la que él es descendiente. Más aún: la profecía se da frente a la cerrazón del rey Acaz, que ve imposible que Dios actúe para salvar al pueblo de la guerra, y por eso cuando Isaías le dice: «Pide una señal al Señor tu Dios…», invitándole a desear aun lo que veía imposible, la respuesta de Acaz («No la pido, no quiero tentar al Señor») manifiesta su incredulidad en que Dios pueda actuar. Pero a pesar de eso «el Señor, por su cuenta, os dará una señal: la virgen está encinta y da a luz un hijo…».

Por eso José, a pesar de haber tomado su decisión, como «era bueno», se atreve a esperar lo imposible: que ahora, en María, se esté cumpliendo la profecía hecha a la Casa de David. Y por esperar y desear ese «imposible» «se le apareció en sueños un ángel del señor que le dijo: … no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo».

El ángel del Señor le confirma que eso ha sucedido «para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta, y por eso cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer». Ese «imposible» desde el punto de vista humano, pero real por obra del Espíritu Santo, es lo que nos disponemos a celebrar y lo que, como Pablo, estamos llamados como apóstoles a anunciar: «el Evangelio de Dios, prometido por sus profetas… su Hijo nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios».

Pero para ser apóstoles, primero tenemos que aprender a ser buenos discípulos. A nosotros también el Señor nos invita a «desear lo imposible», lo que hoy en día se cuestiona: que Dios mismo se encarne y nazca en nuestra vida, en nuestra realidad, para que, como José, seamos buenos, seamos santos. Por eso, preguntémonos: ¿Me atrevo a pedir al Señor una señal de ello, o como Acaz, no la pido porque no lo creo posible? Como José, ¿conozco la Palabra de Dios, para descubrir el modo en que se cumplió y se sigue cumpliendo hoy, en mi vida, en nuestra realidad, en nuestro mundo? Como a José le ocurrió, ¿cómo cambia mi vida por acoger el Evangelio de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre? ¿Me siento llamado a ser discípulo-apóstol-santo para anunciar este Evangelio? ¿Cómo lo hago?

El nacimiento del Hijo de Dios es un misterio, pero no por eso es un imposible. Atrevámonos a desear lo imposible, aunque nos tachen de ilusos o crédulos. Como José, no tengamos reparo en acoger este misterio, abrámonos a la acción del Espíritu Santo como María, y preparémonos «con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza».

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