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Comentario a las lecturas del 34º domingo del tiempo ordinario – 24 de noviembre de 2019 – Año C

Nuestro Señor, el Rey del Universo, tiene por trono una Cruz

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Introducción

En Roma gobernaba el emperador Tiberio, cuando en al orilla del río Jordán apareció el bautista. Lo que dice provoca entusiasmo, despierta expectativas, suscita esperanzas. Las autoridades políticas y religiosas se preocupan porque consideran subversivo su mensaje. Dice: ¡El reino de los cielos está cerca! (Mt 3,2). Después de él, Jesús comienza a recorrer ciudades y pueblitos anunciando en todas partes: ¡El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios es inminente! (Mc 1,15). A veces dice también: El Reino de Dios está ya en medio de ustedes (Lc 17,21). El reino es el centro de la predicación de Jesús; baste pensar que en el Nuevo Testamento el tema del reino de Dios está presente 122 veces y 90 en boca de Jesús.

Pocos años después de su muerte encontramos a sus discípulos quienes en todas las provincias del imperio y en la misma Roma, anuncian en reino de Dios (He 28,31). Hubiéramos querido que Jesús y los apóstoles nos hubiesen explicado el significado de esta expresión, pero ninguno de ellos lo ha hecho. Notamos sin embargo que Jesús se distancia de aquellos que dan a su misión una interpretación político-nacionalista (Mt 4,8-9); no obstante su mensaje contiene una innegable carga subversiva para las estructuras existentes en la sociedad. Es considerado un mensaje peligroso por los detentores del poder, sea político como religioso.

Comenzando como una pequeña semilla, el reino está destinado a crecer y a convertirse en un árbol (Mt 13,31-32); está dotado de una fuerza irresistible y provocará una transformación radical del mundo y del hombre. La realeza de Jesús es difícil de entender, ha puesto en picada hasta la cabeza de Pilatos (Jn 18,33-38). La realeza de Jesús es demasiado diferente a las realezas de este mundo. ¡Cuántas veces a lo largo de la historia ha sido malentendida! 

2.- Reflexión: UN REY CRUCIFICADO

1.- En el ciclo C, que termina este domingo, la opción litúrgica por el Evangelio de San Lucas que narra la escena del Gólgota, durante la crucifixión, con el diálogo entre los dos delincuentes y Jesús, da un «punto fuerte» al comentario presente. Es un rey crucificado –era la peor forma de ajusticiar durante el Imperio Romano— que da testimonio de un Reino, próximo e inmediato. Y está tan cerca que emplaza la canonización del «Buen Ladrón» para ese mismo día.

2.- Deseamos llevar lo más lejos posible la idea de ese Rey triunfará por haberse entregado a los demás. Su gloria y su poder llegarían tres días después cuando Dios Padre le resucitó de entre los muertos. Pero hasta entonces su realeza estaba tan apartada de la habitual de la tierra que, desde luego, establecía una diferencia esencial para nosotros. Le va a decir Poncio Pilato que «su reino no es de este mundo» y nosotros debemos tomar buena nota. Hay ligado siempre al hecho religioso un efecto de poder. Y eso es lo que hay que evitar. El Concilio Vaticano II alejó cualquier posibilidad al respecto. La Iglesia es más pobre, está «más crucificada» por la salvación de los pecadores, de los pobres, de los marginados. La Iglesia renueva muchas veces al día la conversación del Calvario. Abre sus diálogos con los malhechores para salvarlos. Es obvio que para salvarse hay que desearlo y sentirlo. El «Buen Ladrón» expresa su arrepentimiento y reconoce la inocencia de Jesús. Después de esto, el pueblo elegido sigue buscando a los «buenos ladrones» para llevarlos al Reino.

3.- «Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él». San Pablo hace en este párrafo de la Carta a los Colosenses (1, 12-20) la más completa –y teológicamente perfecta— definición de Cristo. Es muy singular conocimiento que tuvo Pablo sobre la naturaleza de Jesucristo. Podría decirse que «todo lo dijo ya él» y que el trabajo posterior de la ciencia teológica ha sido complementario. Y así la auténtica condición regia del Salvador está en esos atributos de su condición de Dios y Hombre.

3.- La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, fue instituida por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Concilio Vaticano II sitúa la celebración como final del Tiempo Ordinario y, por tanto, como final del año litúrgico. Su significado es que Cristo reinará al final de los tiempos y supone un plan espiritual de redención lejos de cualquier interpretación de poder político o pseudoreligioso.

4.- El Reino de Cristo es uno de los grandes anhelos de los cristianos. Para algunos, llevados de ciertas interpretaciones más parecidas a los anhelos de los antiguos judíos, creen que este reino es posible en este mundo. Otros, quitándole fuerza, lo sitúan como una entelequia simbólica o abstracta de imposible concreción. Pero Jesús nos precisa que el Reino está cerca y además vive dentro de nosotros. Entonces, ese reino es una forma de vida, una fórmula de amor y una entrega a los hermanos, mientras que amamos a Dios sobre todas las cosas.

5.- San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, en el «episodio» del «Rey Temporal y el Rey Eternal» lo define muy bien. Viene a decir que si nosotros somos capaces de apoyo total a un rey de este mundo que quiere instituir lo que todos queremos y guardamos una relación de identidad con sus postulados, sus vestidos, sus trabajos, sus sufrimientos, etc.; mucho más tendríamos que apoyar a un Rey Eterno que busca nuestra salvación y nuestra felicidad, que constituyen –sin duda— uno de los mayores anhelos. Hemos citado muchas veces ese pasaje de los Ejercicios Espirituales de Ignacio, pero parece claro que adapta como un guante a la Solemnidad que celebramos hoy.

6.- También es posible declarar a Jesús Rey de nuestras vidas. Su ejemplo –el seguimiento de sus enseñanzas— nos trae paz, felicidad, justicia y amor. Y, sobre todo, nos muestra un reino de humildes, de afables, de limpios de corazón, de pobres de cuerpo y de espíritu. Alejado del poder, de la violencia, de la explotación, del odio. Es más que probable que, en un día como hoy, nos sea más difícil comprender fenómenos como el «nacionalcatolicismo» o el «cristianismo de metralleta». Alguna vez he citado yo el llamado gran pecado estructural que definió ya hace unos cuantos años el entonces el Arzobispo de Milán, Monseñor Martini y que no es otra cosa que querer impregnar al cristianismo –para su utilización indigna– de nuestras ideas políticas o de nuestras querencias sociales o nacionalistas.

7.- Es difícil en este día comprender a los manipuladores y a los falsarios del ideal de Cristo. También a los inquisidores o a los moralistas opresores. Asimismo, respetar a quienes en función de una libertad mal trazada pretenden desnaturalizar el cristianismo con falsas tolerancias que no son otra cosa que pecados. Creemos, pues, en el Reino de Cristo como lugar pleno de amor, de solidaridad, de alegría, de paz, de mansedumbre y de esperanza fuerte. El Reino ha llegado. Lo que ocurre es que cada uno debe descubrirlo. Y esa es la tarea que el mismo Cristo nos encomienda.

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