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Comentario a las lecturas del 32º domingo del tiempo ordinario – 10 de noviembre de 2019 – Año C

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Entre temores e ilusiones, una sola esperanza

1.- Introducción

La gente de todos los tiempos han debido confrontarse con el enigma angustiante de la muerte y han intentado de todas formas posibles superarlo o al menos exorcizarlo. Los egipcios recurrieron la momificación para conservar el cuerpo sin que se descomponga, crearon ritos, ceremonias, prácticas funerarias complicadas y minuciosas para asegurar al difunto una vida en el mundo de Osiris. La gente de la Mesopotamia hablaban de la muerte como de un descenso al “país sin retorno” y, resignados tuvieron que admitir: “Cuando los dioses crearon la humanidad, hicieron a los hombres mortales manteniendo la vida en manos de ellos”. Otros pensaron sobre la posibilidad de un retorno a la vida de este mundo a través de la sucesión de interminables reencarnaciones.

Todo lo que sucede en nuestra vida: nacemos, crecemos, nos enamoramos, formamos una familia, educamos a los hijos; probamos alegrías y sufrimientos, cultivamos sueños y esperanzas… Luego, un día, parece que todo acaba en la nada de la muerte. Todo acaba, todo desaparece. Los diálogos de amor se interrumpen, los afectos, la comunicación con las personas queridas. ¿Volvemos al vacío después del gesto de amor de nuestros padres que nos crearon? ¿De verdad ha creado Dios al hombre para un destino tan cruel? ¿Qué queda de Abrahán, Isaac y Jacob—solamente el nombre?

Frente a estos interrogantes Dios ha dado una respuesta. “La esperanza cristiana—afirmaba Tertuliano, el conocido Padre de la Iglesia del siglo segundo—es la resurrección de los muertos; todo lo que nosotros somos, lo somos en cuanto creemos en la resurrección”.

2.- Reflexión

«No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para Él todos están vivos» (Lc 20,38).

El asunto que la palabra de Dios trae hoy a nuestra consideración es de gran importancia: se trata de la resurrección de los muertos, que es clave para la religión cristiana. La fe en la resurrección es compartida por otras religiones, aunque entendida de forma distinta. Al afirmar que creemos en la resurrección de los muertos, los cristianos confesamos que el hombre no es aniquilado por la muerte, pues entonces se trataría de una nueva creación de la nada. Tampoco se trata de una vuelta a la vida de este mundo, sino de una nueva calidad de vida. El fundamento de nuestra fe en la resurrección es el hecho real de la resurrección de Jesucristo.

En el capítulo anterior al que se ha leído hoy del segundo libro de los Macabeos, se narra el martirio del anciano Eleazar, ejemplo admirable de honestidad –que detesta la simulación–, de fidelidad a Dios y fe en la justicia divina. Buen prólogo para el vibrante relato del martirio de siete hermanos y su madre, “símbolo del pueblo creyente en sus miembros aparentemente más débiles” (Biblia de la CEE, nota a 2Mac 7). El episodio está enmarcado en la persecución decretada por el rey helenista Antíoco IV Epifanes (175-164 a.C.) para imponer por la fuerza la cultura helenista y la religión pagana.

A lo que quiere obligar a los hermanos macabeos y a su madre es a comer carne de cerdo, expresamente prohibida por la ley de Dios. Por tanto, comerla suponía ir conscientemente en contra de Dios. Por ello, el primero de los hermanos torturados dice que «estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres». Con rabia, le cortaron la lengua, le arrancaron el cuero cabelludo, le amputaron las extremidades y lo frieron en una sartén.

Lejos de intimidar a los seis hermanos y a la madre, éstos se animaban a morir con generosidad, persuadidos de que Dios se apiadaría de ellos. El segundo de los hermanos confiesa abiertamente la fe en la resurrección para la vida eterna. El tercero presentó las manos para que se las cortaran, diciendo: «Del cielo las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios». Fue tan impresionante su actitud que el rey y su corte se asombraron de su valor. El cuarto despreció la vida corporal, que no admite comparación con la esperanza de la resurrección para la vida. El quinto y el sexto le reprochan al rey su prepotencia, siendo mortal, y le aseguran que habrá de dar cuenta a Dios. ¿En qué se basan las bravatas del soberbio? ¿Qué puede alegar para exigir para sí lo que sólo se debe a Dios? (Él es un mortal). ¿Serviremos nosotros a alguien que no sea Dios?

La madre fue la más fuerte de todos: soportó con entereza la muerte de sus hijos y animaba al menor, exhortándolo a poner su esperanza en el Creador, que lo hizo todo de la nada, y, por su misericordia, los devolverá a la vida. El chico entrega a Dios su cuerpo y su vida, confiando en que el Señor se apiadará de su pueblo.

Lo que se ventila, en el caso de los mártires judíos, es su fidelidad a Dios, que pone en juego la vida temporal: ¡antes perder la vida que desobedecer a Dios! Además, Dios es el Creador del mundo y dador de la vida, y la muerte no podrá separar de Dios al fiel que entrega la vida por Él. Sin duda, Dios resucitará a los que le han sido fieles. Como dice la madre al hijo menor, únicamente Dios es Señor y sustentador de la realidad y, por tanto de la vida humana. ¿En quién ponemos nosotros nuestra confianza?

El evangelio empalma con el tema de la resurrección de los muertos del libro de los Macabeos. La fe en la resurrección era una convicción reciente de la religión judía, afirmada con claridad sólo a finales del siglo segundo antes de Cristo. De hecho, en la época de Jesús, aún había quienes no creían en la resurrección, como eran los saduceos, que, queriendo poner en aprietos a Jesús, le plantean una aparente contradicción de esta verdad con la ley judía del levirato, que estipulaba que si un hombre moría sin dejar descendencia, un hermano suyo debía tomar por esposa a la mujer de su hermano muerto para que el apellido del difunto no se extinguiera (los hijos nacidos del matrimonio con el cuñado eran considerados como hijos del primer esposo). Fabrican un caso extremo, en el que suponen que hasta siete hermanos toman a la misma mujer por esposa sin que ninguno de ellos obtenga descendencia. Si se admite la resurrección de los muertos, ¿de quién de ellos será esposa cuando los muertos resuciten? ¿El dilema era: se equivoca la ley del levirato (o sea Dios, dador de la ley) o más bien resulta que los muertos no resucitan? ¿Qué respondería Jesús?

Jesús les hace ver que los equivocados son ellos al equiparar el mundo presente y el mundo futuro. Pues, en el mundo venidero, no habrá matrimonio para generar nuevos hombres, pues no pueden morir, sino que serán inmortales como los ángeles. Y refuerza su argumentación aludiendo a Moisés –que fue quien escribió la ley de Dios–, el cual llama a Dios «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob», lo que significa que Dios se relaciona con ellos, y no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos están vivos –remacha Jesús. La argumentación resultaba tan convincente que un grupo de escribas que escuchaban la discusión exclamaron: «Bien dicho, Maestro».

Esta vida es un bien, pero efímero, nada comparable con la vida resucitada. Ésta “no significa un retorno a la vida terrena, sino una transformación a un estado semejante al de los ángeles, que es participación de una corporalidad de un carácter totalmente distinto” (Schmid, El evangelio según san Marcos, Herder, 326).

El tiempo presente es un tiempo de lucha, como dice san Pablo; no sólo contra hombres, sino contra poderes sobrenaturales (cf. 2Tes 2,3-12). Pero no hay que alarmarse, pues la victoria pertenece a Cristo y a los que están de su parte. Los fieles amados de Dios fueron escogidos para la salvación mediante la santificación del Espíritu y la fe en la verdad (2Tes 2,13); el Señor los fortalecerá para que sean fieles en el amor de Dios y la paciencia en Cristo, si ponen en Él su esperanza.

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