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Comentario a las lecturas del 31º domingo del tiempo ordinario – 3 de noviembre de 2019 – Año C

Pecadores: investigados por los hombres, pero contemplados por Dios

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Zaqueo no ha sido recibido en el banquete del reino porque fuera bueno, se convirtió en una persona buena después, cuando fue invitado a la fiesta. Se convirtió cuando se dio cuenta que Dios le amaba aunque fuera impuro, pobre, pequeño, y precisamente porque era pequeño. El descubrimiento de este amor gratuito ha sido la luz que ha disipado las tinieblas que envolvían su vida y la que le hizo comprender que solamente el amor y el darse son fuente de alegría.

1.- Introducción

Sobre una tela blanca nuestra mirada nota de inmediato un puntito negro, una manchita de tierra. Por un extraño automatismo nuestros ojos se fijan inmediatamente en lo que disturba. Pasa que un defecto, una deficiencia, una discapacidad se convierten en inspiración para apodos, alusiones y bromas, a veces inocentes, otra veces sarcásticas.

La mirada de la gente es cruel: se fija, especialmente, en las manchas, los límites, los aspectos defectuosos. Y ¿es también así la mirada de Dios? Si de veras es así, entonces estamos mal parados porque “ni el cielo es puro a sus ojos; ¡cuánto menos el hombre, detestado y corrompido, que se bebe como agua la maldad!” (Job 15,15-16).

¿Debemos tener miedo a la mirada de Dios? ¡Dios te ve! Recordamos este reclamo usado especialmente por los educadores y los catequistas del pasado para prevenir comportamientos errados. Aquel triángulo que en el centro tenía el ojo de Dios que escrutaba e infundía reverencia y temor.

El pensamiento que se ha formado muchas veces y que hemos creado es el de un Dios “policía”. ¿Es correcto presentar a Dios de esta manera—aunque sea para obtener buen comportamiento? ¿Es su mirada como la del investigador que busca los motivos para condenar o es el abrazo tierno del Padre que comprende, excusa, toma siempre y solamente lo que es bello y amable en sus hijos e hijas?

La respuesta a esta pregunta nos preocupa.

2.- Reflexión

La Misericordia de Dios es infinita.  Eso se dice y se repite, sin darnos cuenta de su real significación y dimensión.  Entre tantos atributos de Dios -todos infinitos- su Bondad y su Misericordia son realmente insospechadas.

¿Cómo recibir al hijo pródigo que se había portado tan mal … y -como si fuera poco- celebrar su recibimiento con una fiesta?  (cf. Lc. 15, 11-32)   ¿Cómo buscar por todos lados a la oveja perdida?  (Lc. 15, 1-10)  ¿Cómo defender a la mujer adúltera?  (cf. Jn. 8, 1-11)  ¿Cómo perdonar a Pedro que lo negó tan feamente? (cf. Mc. 14, 66-72 y Jn. 21, 15-17)   ¿Cómo perdonar a los que lo estaban matando en la cruz?  (cf. Lc. 23, 32-34).

Y así podríamos seguir enumerando ejemplos de Bondad y Misericordia de Dios, que a nuestro modo de ver humano, resultan -cuanto menos- incomprensibles.

Y refiriéndonos al Evangelio de hoy (Lc. 19, 1-10):  ¿Cómo buscar a Zaqueo, corrupto cobrador de impuestos, para alojarse en su casa?

La respuesta a estos interrogantes, producto de nuestra miope visión humana, está en la Primera Lectura  (Sb. 11, 23 a 12, 2): “Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos”.

Esta frase del Libro de la Sabiduría nos lleva a comprender por qué Dios perdona nuestras faltas para con El:  Dios nos perdona porque somos suyos, porque El es nuestro Padre.  Y como Padre, infinitamente Bueno que es, nos ama incondicionalmente … como los buenos padres que aman a sus hijos, a pesar del mal comportamiento y de las fallas que como hijos podamos tener.  Por cierto, el buen padre no aprueba, ni consiente al hijo en sus faltas, sino que lo corrige –hasta lo castiga- pero lo sigue amando.  Porque lo ama, lo corrige y lo castiga.

Entonces … ¡qué consuelo el saber que Dios es “nuestro Padre”!  Y el pensar en Dios como “Padre” puede explicarnos sus “incomprensibles” y desmesuradas actitudes de perdón, de bondad, de amor.

El Dios Verdadero, que se ha revelado a los seres humanos y a Quien los cristianos adoramos y amamos, es infinitamente Bueno y Misericordioso.  No así otros “dioses” por cierto.  Hay otros “dioses” a los que no se le puede llamar padre, pues eso es considerado una blasfemia (!!!???)

Sin embargo, nuestro Dios sí que es Padre.  Y es Padre infinitamente Misericordioso.  Pero esa Misericordia Infinita del Dios Verdadero no significa complacencia por nuestros pecados, aceptación de nuestras faltas, o alcahuetería con nuestros comportamientos inmorales.  Cuando Dios, como dice el Libro de la Sabiduría aparenta no ver los pecados de los hombres, no es para consentirnos en nuestras faltas, sino para darnos ocasión de arrepentirnos (Sb. 11, 23).

Y llega un momento que nos corrige…nos reprende y nos trae a la memoria nuestros pecados (Sb. 12, 2).  ¿Para qué todo esto?  Para poder ejercer de veras su Misericordia, al perdonarnos porque nos hemos arrepentido.

El Dios Verdadero no es excluyente, pues ama a todos, buenos y malos, cumplidores e infractores, creyentes e incrédulos, hombres y mujeres.  Todos somos amados por el Dios Verdadero.  Pero ese Amor Infinito de Dios no significa que Dios nos quiere viviendo en pecado.

De allí que cantemos  en el Salmo 144:  “Bueno es el Señor para con todos y su Amor se extiende a todas sus creaturas”.

Y continúa el Salmo:  “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar” (Sal. 144, 8).  Ytodos podemos ser perdonados por el Dios Verdadero … si nos arrepentimos.  Y ésa sí es una exigencia de su Misericordia Infinita.

Mucho se escucha decir:  Dios es Misericordioso.  Y eso está bien dicho así.  El problema está en que, muchas veces al decir eso, estamos pensando que, porque es Misericordioso, Dios acepta todos nuestros pecados.  No.  Dios no es alcahuete.  El es Misericordioso porque perdona los pecados al pecador que, arrepentido de veras, los confiesa en la Confesión Sacramental.

Cuando Dios nos busca, no es para consentirnos en el pecado, sino para que nos arrepintamos y cambiemos de vida.  Más aún:  Dios busca muy especialmente al infractor, al incrédulo, al pecador, no para consentirlo en su falta, sino para que se arrepienta y para sanarlo, perdonarlo y hacerlo nuevo.

¡Qué Bueno es nuestro Dios, que no sólo nos perdona sino que nos transforma de tal manera que nos hace creaturas nuevas!

Así hizo con Zaqueo.  De tal forma lo renovó, que lo transformó en un hombre nuevo.  Caritativo:  “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes”.   Restaurador del mal hecho a los demás:  “Y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”.

El Dios Verdadero no sólo obra perdonando al pecador que, arrepentido, confiesa su falta, sino que va más allá:  crea en él un corazón puro y le otorga un espíritu nuevo, renueva interiormente a la persona y la prepara para alabar a Dios ypara dar testimonio de su conversión. (cf. Salmo 50, 12-19).

Y, aunque nuestros pecados fueran negros como la noche, la Misericordia Divina es más luminosa que nuestra negrura.  Sólo hace falta que, como Zaqueo, quien se subió a un árbol para poder divisar a Jesús, nos subamos -al menos un poquito- por encima de nuestra miseria, para ver pasar al Señor.

Sólo hace falta que el pecador al menos abra la puerta de su corazón, y reconozca arrepentido que ha ofendido a Dios y luego se confiese.  Dios hace el resto.

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