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Comentario a las lecturas del 26º Domingo del Tiempo Ordinario – 29 de septiembre de 2019 – Año C

Gozar de la vida es renunciar a lo superfluo

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1.- Introducción

Hubo un tiempo en que Dios aparecía aliado con los ricos: el bienestar, la suerte, la abundancia de bienes eran considerados signos de su bendición.

La primera vez que la palabra hebrea kesef (que significa plata o más comúnmente, dinero) aparece en la Biblia, se refiere a Abrahán: “Abrán poseía muchos rebaños y plata y oro” (Gén 13,2). “Isaac sembró en aquella tierra y ese año cosecharon un ciento por ciento” (Gén 26,12). Jacob tuvo innumerables propiedades: “bueyes, asnos, rebaños, hombres-siervos y siervas” (Gén 32,6). El salmista promete al justo: “En tu casa habrá riquezas y abundancia” (Sal 112,3).

La pobreza era una desgracia. Se creía que era resultado de la pereza, la ociosidad y el libertinaje: “Un rato duermes, un rato descansas, un rato cruzas los brazos para dormitar mejor, y te llega la pobreza del vagabundo, la penuria del mendigo” (Prov 24,33-34).

Un cambio de perspectiva llega con los profetas: se comienza a entender que las riquezas acumuladas por los ricos no son siempre el resultado de su trabajo honesto y de la bendición de Dios, sino que a menudo son el resultado de hacer trampas, violaciones de los derechos de las personas más vulnerables. Incluso los sabios de Israel denuncian los riesgos: “Dulce es el sueño del trabajador, coma mucho o coma poco; al rico sus riquezas no lo dejan dormir” (Ecl 5,11). “El oro ha arruinado a muchos” (Eclo 8,2).

Jesús considera tanto la codicia de los bienes de este mundo y la riqueza honesta como obstáculos casi insuperables para la entrada en el reino de los cielos. El engaño de la riqueza ahoga la semilla de la Palabra (Mt 13,22); gradualmente tiende a conquistar el corazón humano y no deja espacio ni para Dios ni para el otro.

Bendito es el que se hace pobre, que ya no está ansioso por lo que come o bebe, que no se preocupa por la ropa y no se inquieta por el mañana (Mt 6,25-34). Bienaventurado el que comparte todo lo que tiene con los demás.

2.- Reflexión

a.- Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Esta parábola, llamada del rico Epulón y el pobre Lázaro, la conocemos suficientemente tal como está escrita en el evangelio de Lucas. Yo prefiero olvidarme un poco del texto y tratar de aplicar la parábola a nuestro tiempo. Porque somos muchos los que vivimos sin que nos falte físicamente de nada para poder vivir con dignidad. Realmente podemos decir que vivimos en la abundancia. Lo importante, como cristianos que somos, es que no vivamos sin ver a los que pasan necesidad. A Lázaros, como el de la parábola, es posible que no veamos ninguno junto a las puertas de nuestras casas, pero conocer a personas que viven en auténtica necesidad física seguro que sí conocemos a más de una. Personas o situaciones concretas. ¿Qué hacer? Ayudarles de la mejor manera que podamos. Seguro que la mayor parte de nosotros sí podemos ayudar a los necesitados. Si no nos resulta fácil hacer limosna a alguna persona concreta, seguro que conocemos alguna institución caritativa con la que podemos colaborar. Ya san Pablo nos decía que si sabemos vivir con sobriedad, seguro que siempre encontraremos algo para dar a los necesitados. Él se ponía de ejemplo: con mis propias manos, decía, he procurado siempre ganar el pan que como, y he tenido siempre algo con que he podido ayudar a otros. Después de leer, en este domingo, la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, todos nosotros debemos hacer el propósito de ser sobrios con nosotros mismos y generosos con los demás, especialmente con los necesitados. Yo creo que esa fue la intención que tuvo Cristo cuando puso esta parábola a los fariseos.

b.- Esto dice el Señor omnipotente: ¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión… se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes…, pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José. Estas palabras de profeta Amós, el pastor de Tecoa, escritas unos quinientos años antes de Cristo, nos mandan a nosotros el mismo mensaje que nos da la parábola de Cristo a los fariseos sobre el rico Epulón y el pobre Lázaro. Y, desgraciadamente, hoy día, más de dos mil años después de Cristo podríamos repetirlas nosotros con un lenguaje distinto, pero con el mismo contenido y mensaje. La sociedad actual sigue poniendo el dinero y la buena vida por encima de todo lo demás. No es ese el mensaje que vino a traernos Cristo a este mundo, predicando el reino de Dios. Realmente, ¿los cristianos, en nuestro apego al dinero, en nuestras ganas del bien vivir, y en nuestra atención a las personas necesitadas, nos parecemos mucho a los “hijos de este mundo”? A la luz de la parábola del rico Epulón. y el pobre Lázaro y del texto del profeta Amós, debemos hacer nosotros, hoy, en este domingo, un examen de conciencia sincero y comprometido.

c.- Hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. San Pablo, en esta su epístola a Timoteo, y en otros muchos de sus escritos, nos dice muy bien cuál debe ser el comportamiento de los cristianos respecto al dinero, a la justicia, a la ambición, y al comportamiento que debemos tener siempre con las personas necesitadas. Seamos, pues, sobrios en nuestros gastos personales y generosos en nuestro comportamiento con los demás, especialmente con los más necesitados.

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