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Comentario a las lecturas del 25º Domingo del Tiempo Ordinario – 22 de Septiembre de 2019 – Año C

Administradores, no dueños

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1.- Introducción

Salmo 24 – “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el mundo y todos sus habitantes”. El hombre es un peregrino, vive como un extraño en un mundo que no es suyo. Es un trotamundos que atraviesa el desierto. Es dueño de un lote de terreno tanto como sus pies pueden pisar. Pero lo que está más delante ya no es suyo.

No somos propietarios sino solo administradores de los bienes de Dios. Esta es una afirmación insistentemente repetida a menudo por los Padres de la iglesia. Recordamos uno, Basilio: “¿No eres acaso un ladrón cuando consideras tuyas las riquezas de este mundo? Las riquezas te son dadas sólo para administrarlas”.

El administrador es una persona que aparece a menudo en las parábolas de Jesús. Tenemos uno “fiel y prudente” que no actúa arbitrariamente, sino que utiliza los bienes confiados a él según la voluntad del propietario. Y tenemos otro que, en ausencia del Señor, se aprovecha de su posición “y se hace el dueño”, se emborracha y deshonra a los otros sirvientes (Lc 12,42-48).

Está el administrador emprendedor, que se compromete, tiene la valentía de arriesgarse y consigue beneficio para el dueño; y otro que es un vago y un perezoso. Pero el más vergonzoso es el administrador sagaz del que se habla en el Evangelio de hoy.

El Señor pone un tesoro en la mano de cada persona. ¿Qué hacer para administrarlo bien?

2.- Reflexión

a.- Cuando el dinero ocupa el lugar de Dios. La sentencia con la que culmina el Evangelio de Lucas en este día nos aclara el tema central de la Palabra de Dios: «No podéis servir a Dios y al dinero». Lucas es el evangelista de la misericordia, pero también el que defiende a los pobres y oprimidos, porque seguramente estaba dirigido a una comunidad en la que había grandes diferencias sociales y económicas. Los bienes de este mundo pueden considerarse como una bendición de Dios, pero suponen también un grave peligro en la medida en que nos esclavizan y nos hacen «materialistas», con el consiguiente olvido de Dios y de todo lo espiritual.

b.- Dios “levanta del polvo al desvalido”. Dios toma partida por lo pobres. Lo que denuncia el profeta Amós es la riqueza fruto de la injusticia. Amós es uno de los «doce profetas menores», el más antiguo de ellos: predicó en el siglo VIII antes de Cristo. Nació en una aldea cerca de Belén, donde se dedica al oficio de cultivar higos y a sus rebaños. Pero predica en el Reino del Norte, unos treinta años antes de la conquista de los Asirios. Es curioso, pero el Reino está viviendo un período de prosperidad económica, que hace que sus habitantes se olviden de Dios y reine la corrupción moral y religiosa. Seguro que además de los que se aprovecharon de la bonanza económica la inmensa mayoría vivía sumida en la miseria. ¿No pasa esto mismo en nuestra sociedad opulenta, la llamada «sociedad del bienestar”? Muchos millones de personas en la Tierra pasan hambre, tienen que buscarse la vida emigrando a otros países en pateras y barcos que se hunden en el mar. Hay muchos explotadores que incluso tratan a sus semejantes como esclavos y les extorsionan hasta que «pagan la deuda» asumida en su peligroso trayecto por la mar. Dios toma partida por los pobres y llega a decir que «no olvidará jamás vuestras acciones». En cambio, como proclama el Salmo 112 «Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes».

c.- Tener criterios propios para no dejarnos engañar. Jesús en el Evangelio no alaba la injusticia. No hay que tomar al pie de la letra el «Ganaos amigos con el dinero injusto». Lo que alaba es la astucia en el proceder. Nos anima a no dejarnos engañar por los criterios de este mundo y a emplear los medios adecuados para poner en práctica el Evangelio. Ser cristiano no es ser ingenuo o apocado, es estar despierto y saber emplear los medios necesarios frente a la astucia de los que quieren imponer otros valores que no son los evangélicos. Obligándonos a elegir entre Dios y el dinero, Jesús nos invita a la felicidad que produce un espíritu liberado y desinteresado, frente a la esclavitud de lo material. Precisamente, el capítulo 16 de Lucas termina con la narración de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.

d.- Hay que acabar con la pobreza. Hace falta una nueva imaginación de la caridad y de la justicia. El gran pecado es no saber «compartir». Hace falta una nueva imaginación de la caridad, que debe partir siempre de la justicia. Este verano en Cuba constaté el desánimo de la gente sencilla ante la situación económica que padecen, pues el salario medio es de 20 dólares al mes, Hace unos años, Mohamed Yunus, premio Nóbel de la Paz 2006, llamado «El banquero de los pobres», declaró que «la paz está amenazada por la injusticia del sistema económico, social y político, por la ausencia de democracia y por las violaciones de los derechos humanos”. Se puede decir más alto, pero no más claro: la paz se consigue combatiendo la pobreza y favoreciendo la justicia. El sí ha tenido imaginación. Es el fundador del Banco Grameen, que se dedica a dar microcréditos a los bangladesís más pobres, aquellos que no pueden acceder a ningún tipo de crédito, pues carecen de todo. No se les pide ningún aval, como hacen los demás bancos y la restitución del crédito es cuestión de un código de honor, según palabras del propio Yunus. Estos microcréditos permiten el autoempleo y aliviar su situación de miseria. Es una manera de luchar contra la pobreza de manera efectiva y más allá de las buenas palabras. También fue claro al decir que la pobreza existe porque queremos que exista, pues hacemos muy poco por combatirla. Y puso el ejemplo de que si el hombre quiso llegar a la luna y lo consiguió, seguro que acabaría con la pobreza si se lo propusiera. Es una pena que para algunas cosas pongamos todo nuestro empeño, pero para otras seamos tan perezosos…. Y es que la solidaridad comienza en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Por lo menos, no colaboremos a la injusticia… Jesús nos invita a ser honrado en lo menudo, en nuestros pequeños asuntos. Construir un mundo más justo no es un sueño imposible. Comenzar a soñar es comenzar a cambiar.

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