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Comentario a las lecturas del 24º Domingo del Tiempo Ordinario – 15 de Septiembre de 2019 – Año C

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1.- Introducción

El amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos” (Cant 8,6-7). Con estas célebres imágenes viene descrito en el Cantar de los Cantares la fuerza irresistible del amor. Corre un serio riesgo –lo sabemos– el que se deja envolver en una relación afectiva: el amor presupone la libertad e implica la posibilidad del rechazo y del fracaso. Forman parte también del juego los celos, los tormentos, las ansias, el temor al abandono y todas aquellas emociones que solemos llamar penas de amor. “He sido herida por el Amor”, repite la esposa del Cantar (25,5; 5,8).

Dios ha querido correr este riesgo: ha aceptado hacerse débil y ha tenido en cuenta también la posibilidad de la derrota. Lo hemos siempre imaginado omnipotente, pero tratándose del amor esta prerrogativa no forma parte de las reglas del juego. Este término nunca es atribuido a Dios en le Biblia, y con razón, porque desde que ha creado el universo con sus leyes y ha dado vida a la persona libre, ha voluntariamente restringido su poder. Es lo que los rabinos llamaban la: contracción, escondimiento, auto-limitación de Dios. 

Dios no puede forzar, debe conquistar a la persona amada. Si jugara con el efecto miedo, si amenazara con castigos habría perdido la partida, cosecharía no amor sino hipocresía. En Jesús, Dios ha experimentado más de una vez el fracaso. Jerusalén no ha correspondido a su amor: ¡Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus pollitos bajo sus alas; y tú no quisiste! (Lc 13,34); en Nazaret no pudo realizar ningún prodigio (cf. Mc 6,5-6); el joven rico lo rechazó (cf. Mt 19,16-22). 

En el libro del Apocalipsis, Dios no el llamado omnipotente, sino pantocrátor, que significa: Aquel que tiene todo en sus manos. Las personas son libres de hacer sus propias jugadas, pero en el desafío del amor, es Él quien dirige el juego con incomparable maestría, y es imposible que se le escape de las manos. Ahora podemos comprender la frase de Jesús: “habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lc 15,7). El gozo más grande del enamorado es la reconquista de la amada, es oírle decir: “Voy a volver con mi primer marido, porque entonces me iba mejor que ahora” (Os 2,9).

2.- Reflexión

1.- Dios es misericordioso. El Salmo Penitencial (nº 50) y el Evangelio de la Misericordia (las tres Parábolas del capítulo 15 de Lucas) transmiten una feliz noticia: que Dios es misericordioso y bueno con nosotros. En el fragmento del salmo se expresan dos sentimientos: el reconocimiento de nuestro pecado ante Dios y la seguridad de ser renovados por su Espíritu en lo más íntimo de nuestro ser. El pecado es una infidelidad al amor que Dios nos tiene, y no una mera infracción de un código externo. El pecado nos separa de Dios, principio de vida. El perdón que Dios nos regala es una nueva creación, una renovación interior expresada mediante la imagen de «un corazón nuevo». La purificación profunda que el salmista pide a Dios produce la restauración de las relaciones con Dios. El pecador arrepentido se siente perdonado por Dios y quiere que todos los conozcan: «Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza». Quiere que todo el mundo experimente la misericordia de Dios y se hace pregonero de su amor. Dios acepta como única ofrenda «un corazón quebrantado y humillado».

2.- Es Dios quien toma la iniciativa de buscar al extraviado. En evangelio de Lucas se describen tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. En los tres relatos se repiten los binomios, perdido-encontrado y tristeza-alegría. La lejanía de Dios es lo que produce la pérdida y su cercanía la posibilidad del encuentro. La tristeza por la soledad experimentada lejos de Dios se transforma en alegría tras el encuentro. Es Dios quien toma la iniciativa de buscar al extraviado, simbolizado en la oveja perdida, la moneda o el hijo pródigo. Es Dios el auténtico protagonista de las tres parábolas.

3. – Acogida paternal de Dios. La intención de Lucas en la llamada «Parábola del Hijo Pródigo» es manifestar la ternura de un Dios que nos invita a estar a su lado. Dios Padre refleja en su rostro los rasgos de la vida. El da vida a aquellos que, libremente, deciden seguirle. Dios Padre nos da vida porque es Amor. Habitar en la casa del Padre es gozar de la misericordia y el cariño de Dios. El hijo menor representa al discípulo autosuficiente que se ha alejado del camino. Lejos de la casa del padre no hay vida verdadera, sino desgracia y muerte. Pero el discípulo decide volver al buen camino y allí goza de la profundidad de la vida. El Padre lo acoge de nuevo y, de alguna manera, vuelve a engendrarlo. La acogida paternal y amistosa del Padre devuelve a aquel hombre la certeza de sentirse querido y lo rehabilita como persona.

4.- El verdadero protagonista de la parábola es el padre. El hermano mayor es el paradigma del cristiano que siempre se ha creído en el camino adecuado, pero le ha faltado lo más importante: el amor que supone el encuentro personal con el Dios que nos da vida. Había vivido en la misma casa del Padre, ha pertenecido desde su bautismo a la Iglesia, quizá ha trabajado duramente en defensa de su fe, pero no ha experimentado el gran gozo del amor del Padre. Por eso pone dificultades a la misericordia, no entiende a una Dios que perdona siempre sin límites. El Padre es el auténtico protagonista de la Parábola, que debería llamarse mejor «Parábola del Padre Pródigo en amor», o «Parábola del Padre que sale al encuentro y perdona». El Dios de Jesucristo es el Dios de la vida. Cuando nos alejamos de El nuestra vida se debilita. Cuanto más estemos lejos del fuego de su amor, más frío tendremos. Nos sentimos solos y abandonados, como la oveja perdida. Cuando nos cerramos a su amor, como el hijo mayor, nos invade la rutina, la desesperación y el desamor. Lo más significativo que nos enseña la parábola no es ni nuestra huida ni nuestra cerrazón, lo más importante es la misericordia y la ternura de Dios, que quiere que vivamos de verdad. Hemos de darnos cuenta de que Dios nos lleva en la palma de la mano, solo quiere nuestra autorrealización personal. Esta es la invitación que el Padre nos hace, ¿la aceptamos?

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