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Comentario a las lecturas del 23º Domingo del Tiempo Ordinario – 8 de septiembre de 2019 – Año C

La Cruz, una ignominia convertida en signo de “Gloria”

1.- Introducción

Es famoso el dicho de un padre del desierto: “Llegará un día en que los hombres enloquecerán. Y al ver a uno que es cuerdo, se volverán contra él diciendo: ‘¡tú estás loco!’, por ser diferente de ellos. Pablo ha pasado por esta experiencia: “Los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría mientras que nosotros anunciamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor 22-23). ¿Dónde está la verdadera sabiduría? La lógica de la cruz no es la del mundo… y el hombre crece asimilando la lógica del mundo. Cuando le viene anunciada la “locura de la cruz” es normal, e incluso saludable, que se enfrente con la duda y la perplejidad y que se detenga a reflexionar sobre la decisión a tomar. 

Nosotros buscamos la vida, no la muerte; tratamos de evitar todo lo que nos hace sufrir. La cruz no evoca, desgraciadamente, la idea de salvación. Ciertas formas de mortificación, de penitencias, de prácticas ascéticas han hecho un flaco servicio a la hora de comprender la invitación del Señor a tomar la cruz.

El cristiano no aspira al dolor (tampoco Jesús lo ha buscado), sino al amor. No obstante, cuando el amor es vivido “hasta el extremo” (Jn 13,1), llega hasta el don de la vida. Es ésta la razón por la que la cruz, de ser signo de muerte se convierte en símbolo de vida. 

Hasta finales del siglo III, los símbolos cristianos eran el ancla, el pescador, el pez…nunca la cruz. Será a partir del siglo IV, con el célebre descubrimiento del instrumento de suplicio de Jesús por parte de Santa Elena, que la cruz se convertirá en símbolo de victoria, no sobre los enemigos del emperador Constantino antes de la batalla del Puente Milvio, sino sobre la muerte y sobre todo lo que hace morir. Tomar el partido de la cruz es tomar partido de la vida…pero esto es difícil comprenderlo.

2.- Reflexión

Un domingo más, hemos escuchado la palabra de Dios, que es como un faro que nos guía en el camino de nuestra vida. Estamos ya al final del verano, preparando la vuelta al colegio de los más pequeños, volviendo cada uno a nuestros quehaceres cotidianos. Y en este tiempo preciso de nuestra vida, Dios quiere abrirnos el corazón una vez más, para que su palabra entre en nosotros, y así podamos celebrar llenos de alegría la Eucaristía.

a. ¿Quién comprende lo que Dios quiere? En la primera lectura, del libro de la Sabiduría, escuchamos esta frase: “¿Quién comprende lo que Dios quiere?”. Esta pregunta se la hizo un sabio del Antiguo Testamento. Y más adelante añade que nadie puede conocer sus designios si Él no nos da su sabiduría y nos envía el Espíritu Santo desde el cielo. Por ello, el hombre, por sí sólo, es incapaz de conocer y comprender los designios de Dios. Por ello, en el Antiguo Testamento, los sabios y los profetas pedían a Dios que les concediese su sabiduría, para poder conocer mejor. Pero nosotros, los cristianos, tenemos a Jesucristo, la sabiduría de Dios, que es Dios hecho hombre, que nos ha mostrado el rostro de Dios Padre, que nos ha hablado de lo que Dios quiere de nosotros, y que nos envió desde el cielo el Espíritu Santo que nos ilumina y nos guía. Así, si leemos y meditamos cada día el Evangelio, con la ayuda del Espíritu Santo, encontraremos allí una respuesta a esta pregunta que cada uno de nosotros hemos de hacernos: ¿Qué es lo que Dios quiere, y qué es lo que quiere de mí? Sin duda, a lo largo del Evangelio, escuchamos una llamada constante del Señor a seguirle, a ser sus discípulos. En el Evangelio de hoy, Jesús nos recuerda qué hemos de hacer, y qué hemos de dejar atrás, para ser sus discípulos.

b. ¿Quién puede ser discípulo del Señor? Cada vez que Jesús habla en el Evangelio de seguimiento, de ir con Él, tras de Él, habla con mucha exigencia. Y es que no se puede seguir al Señor haciendo cada uno lo que quiera. Es necesario dejar otras cosas atrás para poderle seguir. “Quien quiera venir conmigo, dijo Jesús en una ocasión, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. Seguir a Jesús es optar por Él, y para ello hemos de renunciar a otras cosas que nos impiden seguirle de verdad. Hoy, en el Evangelio, por tres veces dice Jesús a qué cosas hemos de renunciar, de modo que si no renunciamos a ellas no podemos ser discípulos suyos. Quien no pospone a los suyos, e incluso a sí mismo; quien no lleva su cruz detrás de Él, quien no renuncia a todos sus bienes. Esto es lo que Jesús pide para ser discípulo suyo. Se trata de optar. No es que la familia sea mala, ni mucho menos. Tampoco los bienes son malos. Pero seguir a Jesús requiere despegarse de otras cosas. La familia es muy importante, y no es que tengamos que abandonarla. Se trata de poner a Dios por encima de los demás, incluso de los nuestros, y por medio de Él amar más aún a nuestra familia, pero teniendo siempre primero a Dios. Los bienes materiales son importantes para poder vivir, pero no han de quitar el primer puesto a Dios en nuestra vida. No podemos seguir a Jesús si no renunciamos a nosotros mismos, es decir, si no dejamos de ser los protagonistas de nuestra vida para que el protagonista sea Dios, si no dejamos de hacer sólo aquello que a nosotros nos gusta, o nos interesa, para así poder hacer aquello que Dios quiere de nosotros. EL discípulo es el que sigue a su maestro, y Jesús nos mostró que el verdadero camino es el de la cruz. Por eso, para ser discípulos de Cristo, hemos de tomar también nosotros nuestra cruz y así seguirle auténticamente.

c. Ya no es esclavo, sino hermano querido. En la segunda lectura hemos escuchado la recomendación que san Pablo hace a Filemón acerca de Onésimo. Este tal Onésimo había sido esclavo de Filemón, pero un día se escapó de su casa y se fue a refugiarse con san Pablo. Ahora, al escribirle Pablo una carta a Filemón, la envía junto con Onésimo, y le pide que lo acoja sin regañarle, sin echarle nada en cara, y que lo acepte no ya como esclavo, sino como hermano querido. Este cambio de actitud que san Pablo pide a Filemón es un claro ejemplo de lo que supone para nosotros seguir a Jesucristo. El perdón, el amor incondicional, el considerarse como inferiores a os demás, es la consecuencia de lo que Jesús nos pide hoy en el Evangelio para poderle seguir auténticamente. Así lo pide san Pablo a su discípulo Filemón. Esto no es nada fácil, pero sabemos con certeza que es lo que Dios quiere de nosotros. Esto es ser cristiano: vivir hacia los demás el mismo amor que Dios nos tiene a nosotros.

Vamos a celebrar la Eucaristía. En este encuentro maravilloso con Cristo, que se entrega por nosotros, escuchamos una vez más lo que Dios quiere de nosotros: que le sigamos, que seamos sus discípulos y que le imitemos. Para ello hemos de renunciar a muchas cosas, entre otras a nosotros mismos. Es lo mismo que hizo el Señor, que se rebajó hasta la muerte, y una muerte de cruz. Así lo vamos a celebrar en la Eucaristía. Que dios nos de su sabiduría y su Espíritu Santo para que podamos comprender un poco más los designios de Dios para con nosotros, y que nos ilumine y de fuerzas para seguir lo que Él quiere de cada uno de nosotros.

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