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Comentario a las lecturas del 21º Domingo del tiempo ordinario – 15 de agosto de 2019 – Año C

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1.- Introducción

“Ensancha el espacio de tu tienda, despliega sin miedo tus lonas, alarga tus cuerdas, cava bien tus estacas porque te extenderás a derecha e izquierda” (Is 54,2-3). Esta es la invitación que el profeta dirige a Jerusalén encerrada en un apretado cerco de murallas. Se han terminado los tiempos de nacionalismos estrechos; se abren nuevos e ilimitados horizontes: la ciudad debe prepararse para recibir a todos los pueblos que vendrán a ella porque todos, no solo Israel, son herederos de las bendiciones prometidas a Abrahán.

La imagen empleada por el profeta es deliciosa, nos hace contemplar vívidamente a la humanidad entera de camino hacia el monte sobre el que se levanta Jerusalén. Allí el Señor ha preparado un “festín de manjares suculentos, un festín de vinos añejados, manjares deliciosas, vinos generosos” (Is 25,6).

Con otra imagen de la ciudad, el autor del Apocalipsis describe, en las últimas páginas de su libro, la gozosa conclusión de la turbulenta historia de la humanidad. Jerusalén, dice: “tiene una muralla grande y alta, con doce puertas y doce ángeles en las puertas. Al oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y al occidentes tres puertas” (Ap 21,12-13). La imagen es distinta pero el significado es el mismo: desde cualquier parte de donde procedan, todo hombre y mujer encontrarán las puertas de la ciudad abiertas de par en par para darles la bienvenida. 

El camino, sin embargo, hacia el banquete del reino de Dios no es un cómodo paseo. La senda es estrecha y la puerta –dice Jesús– es angosta y difícil de encontrar. Esta afirmación no contradice el mensaje optimista y gozoso de los profetas que anuncian la salvación universal, sino que pone en guardia contra la ilusión de quienes creen caminar por el camino justo cuando, por el contrario, andan perdidos por senderos que los están alejando de la meta. Todos llegarán finalmente a la meta, sí, pero no conviene llegar al final del banquete.

2.- Reflexión

Durante estos domingos estamos escuchando en la palabra de Dios algunas actitudes que son propias del cristiano. Este domingo escuchamos una nueva actitud: entrar por la puerta estrecha. Por esta puerta entrarán gentes de todas las naciones. Pero para poder entrar al reino de Dios es necesario vivir la humildad, dejar atrás el pecado y la iniquidad. Dios nos ayuda a ello con la corrección, que, aunque duele, es el camino seguro para entrar por la puerta estrecha.

a. La puerta estrecha. “Salir por la puerta grande” es una expresión castellana, tomada del mundo taurino. Para este mundo, el que triunfa sale por la puerta grande, es aclamado y aplaudido. De hecho, todos deseamos, por naturaleza, pasar por la puerta grande. Es más cómoda, da más satisfacción personal, y sobre todo nos llena el corazón de orgullo y de grandeza. Pero resulta que, para entrar en el reino de Dios, la puerta de entrada es pequeña. Esta puerta pequeña, estrecha, angosta, no es apetecible a primera vista, no es atrayente. Por ella nadie nos ve, ni nos aplauden, ni nos dan honores ni premios. En el Evangelio nos explica Jesús qué significa entrar por la puerta estrecha, y lo explica con una parábola: la de aquellos que querían entrar en la casa, pero el amo ha cerrado ya la puerta, y cuando éstos llaman desde fuera el amo responde que no los conoce. Ante la incomprensión de éstos, que han comido y bebido con él, que le han escuchado predicar en sus plazas, el amo replicará llamándoles malvados. Y es que no basta con estar cerca de Jesús, con comer con Él y beber, con escucharle. Es necesario apartar de nosotros la maldad, vivir la humildad. La puerta estrecha es la de aquellos que dejan de pensar en sí mismo para pensar más en los demás, de aquellos que no hacen las cosas para ser los primeros y los más importantes, sino que se quedan atrás con tal de servir y de amar a todos.

b. Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. A continuación, después de explicar qué es la puerta estrecha, Jesús advierte que vendrán muchos, de todos los lugares del mundo, de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, que sí pasarán al reino de Dios y se sentarán a la mesa, con los patriarcas y los profetas. Ya lo había anunciado el profeta Isaías, como escuchamos en la primera lectura. Éstos son aquellos que están siendo despreciados, que no cuentan, incluso que son excluidos de la salvación por aquellos que llaman a la puerta pensando que están salvados. Éstos son los humildes, los sencillos, los últimos. Pues como dice el mismo Jesús: “Hay muchos últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”. No importa entonces el lugar del que uno procede, la nación, la raza o la cultura. Aquello que importa para Dios es la humildad y la bondad, que son las llaves que abren la puerta estrecha que da acceso al reino de los Cielos. Los que aquí en la tierra quieren ser primeros, serán últimos, mientras que los más despreciados, los últimos, los que no cuentan, serán primeros en el reino de Dios.

c. El Señor corrige a los que ama. Y sin duda hay un camino para la humildad y para la sencillez que requiere la puerta estrecha, y es el camino de la obediencia a Dios. El autor de la Carta a los Hebreos ya nos advierte en la segunda lectura que Dios nos corrige, pero que no debemos rechazar la corrección de Dios, pues Él corrige a quien ama. Es muy bueno escuchar la palabra de Dios que nos denuncia, que nos llama la atención, y dejarse corregir por ella. Del mismo modo que al árbol sano hay que podarlo para que dé más fruto, así también Dios corrige a quien ama, para que dé más fruto. La humildad viene por la humillación, nos dice el papa Francisco en uno de los últimos puntos de la Gaudete et exultate. Y así Dios nos reprende y nos lleva por el buen camino, para que lleguemos a entrar por la puerta estrecha. Del mismo modo que un padre corrige a su hijo y le reprende porque desea su bien, así también el Señor nos corrige, porque nos ama y porque desea nuestro bien. Y si al principio la corrección nos duele, porque nos duele, después nos da como fruto una vida honrada y en paz, como nos dice la Carta a los Hebreos.

La puerta estrecha es la única entrada al reino de Dios. Y esa puerta es la cruz, es darse a los demás por amor, como hizo Jesús por nosotros. En la Eucaristía celebramos este misterio de amor. No seríamos coherentes si celebramos este misterio y recibimos la Comunión, pero después buscamos la honra, el aplauso y hacer nuestra voluntad. Como Cristo, escojamos también nosotros el camino de la cruz, la puerta estrecha, la de la entrega, el amor y la humildad. Así llegaremos al reino de Dios, que ya comenzamos a vivir en la celebración de esta Eucaristía.

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