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Comentario a las lecturas del 19º Domingo del tiempo ordinario – 11 de agosto de 2019 – Año C

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1.- Introducción

¡Cuánta expectación para una fiesta! Meses de trabajo con el fin de preparar un fugaz día de gozo y esparcimiento que, la mayoría de las veces, delude las expectativas dejando caras melancólicas y tristes.

Así es la vida: después de tantos esfuerzos para construirnos un futuro éste acaba siendo, frecuentemente, un espejismo inalcanzable. El agricultor insensato del pasado domingo es un ejemplo de ello: ha trabajado duro, ha tenido mucha suerte pero, al final, cuando se dijo a sí mismo que había llegado el tiempo de gozar de lo acumulado, ha visto cómo se desvanecía como el humo todo el fruto de su trabajo. ¡Tanto fatigar para nada!

Los bienes ofrecen una sensación de seguridad, prometen satisfacer cada necesidad, cada deseo, cada capricho, lo cual hace saltar un mecanismo psicológico que nos lleva a acumular y a idolatrar lo acumulado. La riqueza se presenta sólida, indestructible, duradera, sobrevive a quien la posee. En realidad, nos engaña, nos quita todo y nos deja con las manos vacías.

El sabio Qohelet amonestaba: “El que ama el dinero, siempre quiere más y el avaro no lo aprovecha…Aumentan los bienes y aumentan los que se los comen, y lo único que saca el dueño es verlo con los ojos” (Ecl 5,9-10).

¿Cómo evitar encontrarnos en esta situación al término de la propia vida? Jesús afirma repetidas veces: Vende todo y distribuye lo recaudado entre los pobres. ¿Cómo interpretar estas palabras? ¿Se da cuenta el Señor de que nos está pidiendo renunciar a lo que constituye la alegría de nuestro corazón? ¿Viene a desmantelar todas nuestras seguridades? 

Sí, y lo desmantela todo para hacernos bienaventurados.

2.- Reflexión

a.- Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Parece evidente que durante siglos la fe en Dios ha sido el principal tesoro que ha dirigido el corazón de muchos cristianos. No me refiero, en este momento, a los líderes o protagonistas principales de la historia, sino a los millones de personas anónimas para quienes la fe en Dios fue su principal sostén y alimento. “Vela ahí, Dios lo ha querido”; “estaría de Dios”; “que sea lo que Dios quiera”; “gracias a Dios”; “que Dios nos coja confesaos”; “cuando Dios nos lo manda, por algo será”. Estas expresiones y otras muchas parecidas que decían tan frecuentemente nuestros abuelos y abuelas eran fruto y consecuencia de una actitud de resignación y consuelo que sólo encontraban explicación y razón de ser en su fe en Dios. Sin la fe en Dios muchas de esas personas se hubieran derrumbado y desesperado. Todavía hoy día, aunque en número muchísimo menor, se encuentran personas profundamente creyentes que, ante una grave enfermedad, o ante una gran desgracia, encuentran fuerza y ánimo para luchar gracias a su fe en Dios. Es cierto que la fe en Dios tiene hoy, para la mayor parte de las personas, una importancia menor, pero sigue siendo verdad que, en general, la fe en Dios es, para los que la tienen, fuente de fortaleza y de ánimo. Encauzar rectamente la fuerza que nos debe proporcionar nuestra fe en Dios es una tarea psicológica y espiritual que no debemos abandonar nunca.

b.- Los hijos piadosos… se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes. Los “hijos piadosos” a los que se refiere el libro de la Sabiduría son los judíos del tiempo del éxodo que vieron y sintieron a Dios como la causa primera de su liberación. El sentirse hijos del mismo Dios los animaba a comportarse como hermanos, ayudándose mutuamente en los peligros y compartiendo los bienes. Para estos judíos piadosos era evidente que su fe en Dios debía ser siempre su principal fuerza para vencer al mal y hacer el bien. Nosotros, los cristianos, creemos que nuestra fe en Dios nos obliga a ser solidarios no sólo con “los santos”, o con los de nuestra misma religión, sino con todas las personas, porque todos somos hijos del mismo Dios, de un Dios liberador.

c.- La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve. La esperanza es la fuerza que alimenta la fe. Sin esperanza la fe se desinfla y se pierde. El patriarca Abrahán fue capaz de esperar que la promesa de Dios se cumpliría, aun cuando, humanamente hablando, todo hacía prever que no se iba a cumplir. Nuestra esperanza debe ser siempre una esperanza activa, que nos impulse y nos dé fuerza para seguir caminando con fortaleza y ánimo. Una persona que vive animado por una esperanza activa suele ser una persona más eficaz y más alegre que las personas desesperanzadas. El patriarca Abrahán debe ser nuestro modelo de fe y nuestro modelo de esperanza.

d.- Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva. La esperanza activa exige vigilancia activa. Cuando esperamos a alguna persona querida o importante nos preparamos para recibirle lo mejor que sepamos y podamos. Así, nuestra vida debe ser una continua espera vigilante. La vigilancia nos exige una continua preparación y una continua atención. Somos viajeros y caminantes que esperamos encontrarnos, al final de nuestro camino, con nuestra anhelada tierra prometida. Si nuestra fe es firme, también nuestra esperanza y nuestra actitud vigilante serán firmes y continuadas. No es fácil tener fe y esperar en lo que no se puede ver con los ojos del cuerpo, pero así es nuestra fe religiosa. Creemos en Dios y esperamos en Dios, porque nos fiamos de Dios. La fe activa del patriarca Abrahán estuvo siempre sostenida por su confianza en Dios.

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