Home | Centinela de la palabra | Comentario a las lecturas del 15º Domingo del Tiempo Ordinario – 14 de julio de 2019 – Año C

Comentario a las lecturas del 15º Domingo del Tiempo Ordinario – 14 de julio de 2019 – Año C

Para heredar la vida…

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a.- Introducción

Amar a Dios carecía de sentido para los antiguos griegos. Los dioses podían amar a las personas humanas manifestándoles su predilección y concediéndoles especiales dones y favores. Como señal de reconocimiento, esperaban de las personas privilegiadas por los bienes recibidos, sacrificios y holocaustos. Un reflejo de esta mentalidad se encuentra en algunos textos del A. T. Por boca del profeta Malaquías, el Señor se lamenta de los despreciables holocaustos que le ofrecen los sacerdotes: “El hijo honra a su padre, el servidor a su señor… ¿Dónde está el honor que me pertenece?” (Mal 1,6). 

A diferencia de los pueblos paganos, Israel ama a su Dios. Esto es lo que Moisés recomienda al pueblo: “¿Qué es lo que te exige el Señor tu Dios?…Que sigas todos sus caminos y lo ames…con todo el corazón y con toda el alma” (Dt 10,12). El amor consiste en la observancia de los mandamientos (cf. Éx 20,6) y “siguiendo sus caminos toda la vida” (Dt 19,9).

Es en esta óptica en la que debe encuadrarse el amor al prójimo (sobre todo al pobre, al huérfano, a la viuda, al extranjero) porque su práctica es obra agradable a Dios. 

El Nuevo Testamento nos da la luz plena que nos permite comprender qué significa en realidad amar a Dios. La primera carta de Juan es particularmente explícita: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió su Hijo…” (1 Jn 4,10-11). 

La conclusión lógica salta al instante: Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amar a Dios. Pues no, la lógica de Dios es diferente de la nuestra. Él no pide nada para sí. Solo hay un modo de responder a su amor: amar al hermano y no “con la boca sino con obras y de verdad” (1 Jn 3,18).

b.- Reflexión

1. La palabra de Dios está cerca de nosotros. La pregunta que le hace aquel maestro de la ley a Jesús, y que hemos escuchado en el Evangelio de hoy, no es una pregunta cualquiera. Hemos de tener en cuenta que los judíos tenían una gran cantidad de leyes y de preceptos, que procuraban cumplir escrupulosamente. Leyes que regulaban la vida social, el trabajo, la familia, el culto religioso… Por eso, la pregunta del maestro de la ley era una pregunta fundamental: de todas estas leyes y preceptos, ¿cuál es el más importante? Jesús, al responderle, remite directamente a la Sagrada Escritura, a la palabra de Dios. Y es que la palabra de Dios es la luz que ha de iluminarnos, la guía que hemos de seguir. Esa palabra de Dios está muy cerca de nosotros, como escuchamos en la primera lectura. No podemos decir que Dios está lejos, o que es difícil de escuchar su palabra, ya que la tenemos en la Biblia. La palabra de Dios está en nuestros labios y en nuestro corazón, no está allá arriba en los cielos, ni al otro lado de los mares. Y es una palabra que no nos resulta imposible de cumplir, pues como dice Moisés en la primera lectura, lo que Dios nos pide no es superior a nuestras fuerzas. Nosotros, que venimos al menos todos los domingos a Misa, tenemos la suerte de escuchar semanalmente esta palabra. Y además, podemos también en casa leer diariamente el Evangelio y el resto de la Biblia. Por tanto, hemos de prestar oído a lo que escuchamos y a lo que leemos en la Sagrada Escritura, pues es Dios mismo que viene a nosotros en su palabra para darnos luz y guía para nuestro caminar de cada día.

2. Haz esto y vivirás. Pero no basta simplemente con leer la palabra de Dios, hemos de cumplirla. La Sagrada escritura no es un simple libro de lectura, es el deseo de Dios para cada uno de nosotros. La respuesta que le da Jesús al maestro de la ley en el Evangelio no es sólo saber lo que dice la ley, sino que además ha de cumplirla. Y si la cumplimos, tendremos vida, pues Jesús le dice al maestro de la ley: “Haz esto y vivirás”. La palabra de Dios, como nos dice san Pablo, es viva y eficaz, y nos da vida si la cumplimos, si dejamos de verdad que esa palabra llegue hasta nuestro corazón, hasta lo más profundo de nuestro ser. Y lo que Dios nos pide es bien sencillo: amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo. Ambos preceptos son uno sólo. No se puede amar a Dios si no amamos de verdad al prójimo, y no podemos amar de verdad al prójimo, tal como Dios quiere, si no es desde el mismo amor de Dios. Por lo tanto, lo que Dios nos pide es tan sencillo y hermoso como esto: amar. Amar con el mismo amor de Dios, que nos ama hasta el extremo de dar la vida por nosotros.

3. Y ¿quiénes mi prójimo? Ante la respuesta de Jesús, el maestro de la ley respondió con esta pregunta: y, ¿quién es mi prójimo? No sabemos si respondió asó porque en verdad no sabía quién era el prójimo, o si lo hizo porque quería saber qué pensaba Jesús sobre esto, o si bien era para excusarse quizá por su falta de amor a los demás. Pero Jesús respondió con toda claridad por medio de una parábola. Aquel samaritano, que estando enemistado con los judíos sin embargo ayudó a aquel moribundo, nos muestra quién es de verdad el prójimo. No se trata de cercanía familiar, ni de compartir las mismas opiniones, ni tan siquiera es prójimo el que vive nuestra misma cultura o religión. Prójimo nuestro es todo aquél que pase por nuestro lado, todo aquél con el que nos encontremos a lo largo del camino de nuestra vida, especialmente el más necesitado de nuestra ayuda. Cuántos prójimos encontramos cada día, y tantas veces ni nos damos cuenta de ellos. cuántas personas pasan por nuestro lado pidiendo a gritos nuestra ayuda, y nosotros pasamos de largo, como lo hicieron el sacerdote y el levita de la parábola. Hoy hay muchos prójimos en nuestra vida, y Dios quiere de nosotros que seamos como el buen samaritano, capaces de bajar de nuestra cabalgadura para socorrer a quien lo necesite, dando de los nuestro, preocupándonos de los demás, en definitiva, amando. Hacer esto es cumplir la ley, y esto es lo que nos da la vida.

Hemos escuchado este domingo la palabra de Dios, como hacemos cada domingo en la Misa. Que esta palabra no quede sólo en nuestros oídos, sino que llegue hasta lo más profundo de nuestro ser y que llegue a cambiarnos la vida. Dios sólo nos pide una cosa, tan sencilla y tan difícil a la vez: amar. Que amemos de verdad a los demás, especialmente a los necesitados. Así, estaremos cumpliendo la palabra de Dios, estaremos haciendo lo que Él nos pide. No podemos salir hoy de la Eucaristía y no sentirnos un poco más cerca de nuestro prójimo, si no, estaremos echando en saco roto la gracia que Dios nos da.

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