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Comentario a las lecturas del 14mo. Domingo del Tempo Ordinario – 5 de julio de 2020 – Año A

Mateo 11,25-30 | Misioneros Digitales Católicos MDC

“Pequeño”: el único título reconocido en el cielo

1.- Introducción

En las asambleas públicas, en las comidas en común, en los viajes en caravana, en cualquier ocasión, la sociedad judía se planteaba siempre la cuestión de quién era más grande, a quién correspondía el mayor honor. 

En esta carrera hacia los primeros puestos se han visto incluidos hasta los bienaventurados del cielo – catalogados en siete categorías con los mártires en cabeza – e incluso el Dios de Israel, quien no podía ser menos que las divinidades griegas o egipcias que invariablemente recibían el título de “grande”. Por eso Salomón proclamaba: “El Señor es el más grande de todos los dioses” (Ex 18,11) y Moisés aseguraba a los israelitas: “El Señor, su Dios, es Dios de dioses y Señor de señores” (Dt 10,17). 

En los últimos años antes de Cristo, las afirmaciones sobre la grandeza de Dios se habían multiplicado desmesuradamente. Dios era “el altísimo”, “el grandísimo” (Est 8,12q); “el Señor grande y glorioso, admirable en su poder e invencible” (Jdt 16,13), y se esperaba, en consecuencia, una manifestación de su grandeza: “Esperamos la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y salvador” (Tit 2,13), leemos en la noche de Navidad. 

Dios ha aparecido en toda su grandeza como un niño débil, pobre e indefenso, “envuelto en pañales”, hijo de una dulce y premurosa madre de catorce años. Este ha sido el comienzo de su manifestación cuyo momento culminante ha tenido lugar en la cruz. Desde aquel día, todos los criterios de grandezas han cambiado radicalmente.

2.- Reflexión

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré» (Mt 11,28).

El evangelio de hoy nos desvela una vivencia íntima de Jesús en su relación con el Padre (te doy gracias, Padre) y con los hombres (venid a mí). El evangelista Lucas –refiriéndose al mismo acontecimiento- cala más hondo en el sentimiento de Jesús refiriendo que, en aquel momento, Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo (Lc 10,21).

¿Qué es lo que hace que Jesús se sienta tan gozoso en ese momento? A mi modo de ver, la forma en que el Reino de Dios iba calando e iba siendo acogido por el pueblo. La noticia de la instauración del reinado de Dios, en la tierra, por medio de su Mesías, era una buena y gozosa noticia, tratándose de un Dios justo y poderoso, cuyo gobierno produce, como fruto, la paz, compendio de todos los bienes (según lo presenta el profeta Zacarías).

El momento en que tiene lugar el suceso a que hace mención el evangelista Mateo debió de ocurrir pasado algún tiempo desde que Jesús había comenzado a anunciar la inminencia de la llegada del Reino de Dios, es decir, a hablar a la gente del Dios en quien creían, pero presentado de una forma nueva: como un Dios cariñoso con todas sus criaturas; un Dios que es padre de todos, que ama entrañablemente a todos los hombres, a quienes quiere atraer hacia sí para hacerlos partícipes de su vida inmortal feliz; por quienes había enviado a su Hijo al mundo para salvarlos a todos.

¡Si sabía Jesús cómo era el corazón del Padre, a quien conocía como nadie pues (si se puede hablar así) eran uña y carne, Padre e Hijo!

Él, el Hijo, si formaba parte del mundo como un hombre más, era porque, teniendo una sola voluntad con el Padre, habían considerado (ambos a una) que debía encarnarse, como única forma de cumplir su propósito salvador: al mismo tiempo de modo infalible, pero, respetando la naturaleza libre de la criatura humana.

Jesús había escogido un pequeño grupo de Doce apóstoles, a los que instruyó y envió a anunciar la llegada del reino y a los que transfirió su poder de hacer milagros. En ese preciso momento, Jesús ve con una cierta perspectiva temporal el efecto que su misión y la de sus discípulos iba produciendo en el pueblo.

La gente escuchaba a Jesús con interés, pues nadie antes había hablado de Dios como Jesús (Jn 7,46). Prendidos de sus palabras, iban descubriendo el verdadero rostro de Dios: de un Dios padre, más que un Dios leguleyo y moralista; de un Dios clemente y misericordioso, más que un Dios cúltico exigente, al que había que satisfacer y aplacar con sacrificios.

Jesús observaba que sus enseñanzas sobre Dios causaban en mucha gente un efecto liberador y sanador. La relación con Dios no tenía que ser complicada, sino que, entendido el amor de Dios por los hombres, sólo había que acogerlo, convertidos en morada del Espíritu de Cristo, cuyo Espíritu los vivifica con la vida que le es propia, que se traduce en una conducta según Dios y una esperanza cierta de la vida eterna (como explica san Pablo en la carta a los Romanos).

Jesús hablaba con el Padre de un modo íntimo, con sencillez, reconociéndolo (eso sí) como Señor del cielo y de la tierra (pues lo era), gozándose en su amor, agradeciéndole el modo como iba atrayendo a la gente sencilla hacia Él, que, a su vez, los iba llevando hacia el Padre.

Se alegra Jesús de que sea la gente sencilla la mejor dispuesta a recibir su enseñanza. Oyendo a Jesús, la gente iba intuyendo el proyecto salvador de Dios para los hombres. De momento, todo iba viento en popa; no obstante, llegarán días borrascosos de deserciones e incluso de traiciones (incluso por parte de algunos que ahora se deleitaban escuchándolo y hasta se habían beneficiado de su poder sanador).

Los sabios y entendidos en asuntos religiosos eran los que oponían una mayor resistencia a su magisterio pues se habían hecho una religión a su medida con un Dios al que podían controlar adulándolo, aplacándolo y utilizándolo como instrumento para organizar la sociedad a su conveniencia. No entendían que Dios los superaba infinitamente; que el bien que la religión aporta al hombre es un don del que los hombres no pueden disponer a su antojo (pues es, ni más ni menos, que Dios el que se ofrece como don), sino que sólo pueden acogerlo por la fe. Se servían de la religión como una forma de dominio e imposición.

En cambio, Jesús ofrece un yugo llevadero que supone una carga ligera (pues «el que ama no trabaja», como diría san Agustín). Jesús propone a la gente una religión basada en el amor: el amor gratificante de Dios y el amor filial hacia Dios. Jesús se muestra como una persona amable y humilde de corazón. Su corazón late al unísono con el del Padre, lo que significa que Dios es Amor. Por tanto la religión, tal como la presenta Jesús, no ha de agobiar a la gente, sino servirle de liberación y de descanso.

No tengamos miedo a Dios, pues nadie nos ama como Él.

Tres llamadas de Jesús | Revista SIC - Centro Gumilla