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Comentario a las lecturas del 12 Domingo del Tiempo Ordinario – 21 de junio de 2020 – Año A

¡Es muy arriesgado ir a contramano!

Lectio Divina Dominical XII del Tiempo Ordinario Ciclo A ...

1.- Introducción

Antes de entrar en una calle se debe prestar atención a las señales, es necesario determinar si, por casualidad, uno ha entrado en dirección prohibida.

Al observar la dirección en que se mueven los demás, un discípulo de Cristo tiene la sensación inmediata y aguda de conducir contra el tráfico. Si uno elige los caminos de la renuncia, del intercambio de bienes, del amor desinteresado, del perdón sin límites, del cumplimiento de la palabra, ve moverse el tráfico en la dirección opuesta y se da cuenta de que debe proceder con cautela y prudencia, el choque es inevitable y él siempre será el perdedor, se considerará fuera de lugar, al ser acusado de violar las reglas aceptadas por todos.

Para el impío el justo es “insoportable solo con verlo” (Sab 2,14), “da vergüenza” (Sab 2,12); molesta porque “lleva una vida diferente a la de los demás y va por un camino aparte” (Sab 2,15).

En tiempos de persecución, puede surgir en el cristiano también la duda de que uno camina por la dirección equivocada.

Después de comprobar si en realidad se está siguiendo las instrucciones del Maestro, no se debe quedar atrapado por el miedo: esa es la dirección correcta, está conduciendo con los ojos abiertos y camina en la luz.

2.- Reflexión

Acabado el Tiempo Pascual y celebradas a continuación las fiestas de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, iniciamos con este domingo la segunda parte del Tiempo Ordinario, en la que Cristo se nos presenta siempre como Maestro y Predicador. Hoy nos dice que cuenta con nosotros para ser continuadores de su misión comienza avisándonos de que en esa tarea evangelizadora vamos a encontrarnos con mil dificultades e incluso graves amenazas, ante las cuales ésta es su orden: No tengáis miedo (Mt 10, 26). Tan importante era este no tener miedo que en el pasaje que hemos leído Jesús repite tres veces la misma fórmula. Sí, es absolutamente necesario sobreponerse al miedo en esos momentos y hacer lo que el Señor  quiere que hagamos.

Siempre fue difícil ser cristiano. Lo fue en los primeros tiempos de la Iglesia, en los que la confesión de la fe se pagaba casi siempre con el martirio y lo ha sido a lo largo de los dos mil años de cristianismo hasta nuestros mismos días. ¡Cuánto heroísmo para no dejar que el miedo se apoderase de alguien ante las amenazas! Ser sacerdote, religioso o laico; ser una familia cristiana; ser un joven creyente y comprometido…, son opciones que comportan seguramente dificultades e incluso graves amenazas en no pocos lugares o ambientes. Al siglo XX se le consideró como el Siglo de los Mártires y los comienzos del actual no lo es menos. Son frecuentes, hoy como ayer, los malos tratos y asesinatos de cristianos por causa de su fe.

A diferencia de lo del heroísmo en la defensa de la fe que puede estar pasando en países de misión, por estas nuestras viejas tierras, cristianadas hace siglos, hay una convicción generalizada de que el miedo o la cobardía estar invadiendo y atenazando a no pocos bautizados en la praxis de la vida cristiana. Hoy, en efecto, abundan los cristianos vergonzantes y miedosos. Frente a un ambiente social poco favorable a la fe cristiana, una de las tentaciones más frecuentes del creyente actual es el miedo que se disfraza de silencio, cuando tendría que haber una palabra sobre amor y familia, matrimonio y divorcio, vida y aborto, educación y libertad, dinero y honestidad profesional y tantos otros binomios que requieren un claro discernimiento y una respuesta consecuente.

No es suficiente que el creyente cristiano no ceda en su fuero interno a las máximas y criterios incompatibles con el evangelio y con sus propias y ortodoxas creencias en lo hondo de su conciencia, sino que ha de tener además el valor y el coraje de disentir y de confesar sus principios cuando hay que hacerlo; sin agresiva exposición de sus auténticas convicciones, pero con humilde firmeza. Y esto, aunque uno pierda amistades, popularidad, poder o ingresos económicos. Avergonzarse de las propias creencias, tener miedo a mostrarse diferente, amedrentarse ante el ridículo, es ceder al viejo respeto humano. El próximo día veinticuatro celebramos la fiesta de San Juan Bautista que tuvo el coraje de repetirle a Herodes: No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano (Mc 6, 18), a sabiendas de lo que le podía pasar.

A quien da testimonio Cristo le promete su defensa ante el Padre; al cobarde no lo defenderá, no por malo, sino por cobarde. Por haberse avergonzado de Él, carecerá de la intercesión de Cristo en el día de la revisión universal en que se decide todo. Confesar a Cristo es declararse suyo con la boca, con las obras, con el vestido, con la profesión. No llamar la atención puede ser un signo de dimisión y cobardía, sentir vergüenza de Cristo. A ésos no les defenderá Él en el día del juicio.

Oremos. Señor, ante el abandono de la vida cristiana por parte de tantos que un día creyeron y ante el ambiente de indiferencia religiosa, te pedimos nos hagas fuertes para que no claudiquemos en nuestras convicciones que tienen su fundamento en tu propia revelación. Danos valor y audacia para ser tus testigos y amor generoso para acompañar a nuestros hermanos en la difícil tarea de conquistar el verdadero sentido de la vida. AMÉN.