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Comentario a las lecturas de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo Ciclo C

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1.- Introducción

El jueves después de celebrar la Santísima Trinidad celebramos otro de los misterios más hermosos e importantes de nuestra fe: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Esta fiesta, instituida en el siglo XIII, nace como un modo de recordarnos el admirable misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Aunque esta fiesta corresponde celebrarla el jueves, recordando el jueves santo, día en que se instituyó la Eucaristía, sin embargo, para favorecer la participación en esta celebración, algunos pueblos la han trasladado a domingo.

2.- Reflexión

a. Presencia real de Cristo. El misterio de la Eucaristía, que es el centro de la celebración de hoy, es un misterio admirable: en las especies de pan y vino, después de ser consagradas por el sacerdote en el altar, está realmente presente el mismo Cristo. Como cantamos en el cántico eucarístico Catemos al Amor de los amores, tan típico de este día, “Dios está aquí”. Como hemos escuchado en la segunda lectura, de la primera carta de Pablo a los Corintios, la noche en la que Jesús iba a ser entregado, en la Última Cena, reunido con sus discípulos en el cenáculo, celebró con ellos la institución de la Eucaristía. Al repartir el pan ácimo que los judíos comían en la cena pascual, Jesús les dijo: “Esto es mi cuerpo”, y al pasar la copa de vino mezclada con un poco de agua, dijo: “Esta es mi sangre”. Así, cada vez que celebramos la Eucaristía y un sacerdote repite estas mismas palabras de Jesús sobre el pan y el vino, éstos se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. De este modo, en ese trozo de pan que vemos en la Eucaristía, y que, como es costumbre hoy saldrá en procesión por las calles de nuestros pueblos y ciudades, se esconde el mismo Cristo. Salir hoy en procesión con la custodia es una manifestación hermosa de nuestra fe eucarística. Al engalanar nuestras calles y al adorar a Cristo Eucaristía poniéndonos de rodillas a su paso por nuestras calles estamos manifestando que creemos realmente en esa presencia de Cristo resucitado en el pan de la Eucaristía. Dios está realmente ahí, en medio de nosotros, dispuesto a seguir dándonos su cuerpo entregado y a derramar su sangre por nosotros.

Hay muchos modos de explicar qué es la eucaristía. Pablo selecciona uno: narra, como hemos visto, su institución durante la última cena. Lucas, elige otro: toma un episodio de la vida de Jesús, el de la multiplicación de los panes, y lo relee desde una óptica eucarística. Es decir, lo utiliza para hacer comprender a los cristianos de sus comunidades qué significado tiene el gesto de partir el pan que ellos repiten regularmente, todas las semanas, en el día del Señor.

b. Alimento para el camino. Al dársenos Cristo en el pan de la Eucaristía, su cuerpo es entonces para nosotros alimento del alma, alimento que nos sustenta en el caminar de nuestra vida. Como Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, ofreció a Abrahán pan y vino cuando éste venía de la guerra, Cristo nos ofrece a nosotros ya no un pan cualquiera que sacia nuestra hambre y fortalece nuestro cuerpo, sino que nos da su propio cuerpo que alimenta nuestro espíritu. En el día a día, en nuestro caminar por la vida, vamos superando dificultades, luchas, e incluso dudas serias y crisis de fe. La Eucaristía es para nosotros, así nos la ha dado Cristo, un alimento del espíritu que nos fortalece interiormente, que nos une íntimamente con Cristo. Comulgar su propio Cuerpo, como hacemos en la Eucaristía, es entrar en comunión con Cristo. Él perdona nuestros pecados, nos entrega de nuevo su cuerpo y su sangre y nos fortalece para que seamos sus testigos en el mundo, proclamando su muerte y anunciando su resurrección. Del mismo modo que no podríamos vivir sin comer, ya que nuestro cuerpo se debilitaría y no podríamos ni siquiera andar, así también sucede con nuestro espíritu: si no lo alimentamos frecuentemente con la Eucaristía también él se debilita.

c. “Dadles vosotros de comer”. Pero la fiesta de hoy nos recuerda que no basta con alimentarnos cada uno de la Eucaristía. Comulgar el Cuerpo de Cristo nos ha de llevar siempre a comulgar también con nuestros hermanos. De nada sirve recibir el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía si después no me preocupo por mi hermano que está sufriendo o tiene necesidad. Por esto, con razón celebra hoy la Iglesia el día de Caritas. Caritas es el brazo de la Iglesia que se dedica especialmente a la atención de los más necesitados. No es una ONG o un grupo de voluntariado. Caritas es la misma Iglesia que se pone al servicio de los más necesitados, y todos los cristianos somos Caritas, pues estamos llamados a dar de comer a quien lo necesite. En el Evangelio de hoy hemos escuchado el pasaje de la multiplicación de los panes y los peces, un anticipo claro de la Eucaristía. Ante aquella muchedumbre inmensa de personas que habían acudido para escuchar al Maestro, Jesús exhorta a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. ¿Cómo dar de comer a una muchedumbre tan grande con tan sólo cinco panes y dos peces? La generosidad, cuando brota del auténtico amor cristiano, cuando se convierte en verdadera caridad, alcanza a todos aquellos que la necesitan. La llamada de Jesús, “Dadles vosotros de comer”, nos la hace hoy también a toda la Iglesia.

Celebrar el admirable misterio de la Eucaristía, presencia real de Cristo en su Cuerpo y en su Sangre, es celebrar el amor de Dios que desea permanecer cerca de nosotros. Él se nos da como alimento para nuestra vida. Pero no quiere que nos lo quedemos sólo para Él. Siguiendo el mandato del Señor, hoy compartimos el pan de la Eucaristía, lo adoramos en la procesión propia de este día, pero también lo celebramos con sinceridad ayudando a quienes lo necesitan, dando de comer al hambriento, compartiendo nuestra propia vida con los demás.

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