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Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Nuestra Señora de la Altagracia

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Celebramos hoy la Solemnidad de Nuestra Señora de La Altagracia, Protectora del Pueblo Dominicano. Esta celebración es motivo de inmensa alegría para los hijos e hijas de toda la Iglesia y el pueblo dominicano.

En el Evangelio que acabamos de proclamar vemos la actitud tomada por María ante la Palabra de Dios; pues, con humildad acepta la Palabra, con atención y amor escucha el saludo del Ángel Gabriel, reflexiona sobre esta palabra y con sencillez le pregunta que significa aquel saludo.

El ángel le responde: concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, ella se pregunta “Ella pregunta, ¿cómo podrá ser posible esto?”. Ante la respuesta del ángel, de que se trata de un Plan de Dios, ese plan que como dice San Pablo, el Señor Dios había trazado desde antiguo; a María sólo le queda responder con adhesión al plan divino: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. (Lc 1,38)

María hace suya la fórmula de la alianza cuando la oímos decir: “Aquí está la esclava del Señor” (Lc.1, 38). Es la mujer de fe, que cree sin ninguna duda. Su fe, es al mismo tiempo un acoger la Palabra de Dios y adherirse a la persona de Cristo. María comienza a abandonarse totalmente a su Hijo. Antes de verlo ha creído en Él. María como madre ejerce los derechos maternos adhiriéndose con fe a Él y al proyecto de instaurar el reino de Dios en el mundo.

María nos ha precedido a todos en su fe en Cristo, tanto en la respuesta al anuncio mesiánico del ángel (Lc 1,38) como en el episodio de Caná donde trasmite a los siervos su confianza en el Hijo y coopera en el seguimiento de la fe en los discípulos (Jn 2,1-12).

María ha creído en el Hijo del Altísimo en momento en que estaba por encarnarse en su seno por obra del Espíritu Santo. A ella le corresponde una preeminencia de perfección en cuanto, después de Cristo, es la parte preponderante o mejor, más influyente, y más elegida de toda la Iglesia. Su fe es una fe ejemplar que impulsa a Isabel a exclamar en el Espíritu “dichosa tu que has creído” (24, 25). Es una fe que crece y persevera hasta el final como atestigua su presencia junto a la Cruz, (Lc 19,25) y en el cenáculo en espera del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Hch 1,14).

Ella habla y piensa con Palabra de Dios, la Palabra de Dios se le hace su palabra, su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se revela que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer junto en Dios. Está íntimamente penetrada por la Palabra de Dios. Ella llega ser madre de la Palabra de Dios encarnada.

El perfil espiritual de María consiste en una actitud que trasforma la historia en conciencia, pero la historia tiene que ver con los acontecimientos de Cristo. En María contemplamos el ícono eclesial de la sabiduría en contacto con su Hijo, que la eleva del nivel de la sabiduría humana al nivel superior de la sabiduría divina (Jn 2,4; Mc 3,33, 35; Lc 11,28-27). Ella entra cada vez más en el diseño salvífico de Dios y adquiere lazos especiales con la sabiduría que comprenden el plan divino y justifican las obras de Jesús (cf. Lc. 7,35). María puede guiar a los fieles a la inteligencia del misterio de Cristo, porque sigue siendo para todos un enigma permanente.

María nos invita como madre nuestra a mantenernos fieles a un compromiso social fruto de la coherencia entre las obras y la fe que profesamos. No se anuncia quien es Dios sin mostrar como actúa. La evangelización implica el anuncio de Jesucristo y la transformación de la realidad, la promoción humana y la salvación ofrecida por Cristo.

No existe ningún aspecto de la realidad que no deba ser tocado por el compromiso cristiano. Las obras son las que dan testimonio de nosotros y dicen con elocuencia incomparable lo que somos.

De nada sirve llamar a María madre y protectora de este pueblo si no seguimos sus pasos y como ella salimos “de prisa” al encuentro de los necesitados, de nuestros hermanos para compartir con ellos su destino y transformarlo.

Quien experimenta el llamado de Dios responde con generosidad y decisión, quien acoge la salvación es capaz proclamarla como María. Ella dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.” Quien se encuentra con el Dios de Jesús, no puede menos que propiciar condiciones de vida digna para todos los hijos e hijas de Dios.

María nos anima, nos sostiene y nos ayuda para concretar la fe que profesamos en obras a favor de nuestros hermanos.

Necesitamos hombres y mujeres que estén dispuestos a servir como María, que se preocupen por la necesidad del otro, del pobre, del que no tiene defensa, del que le falta todo. El ser humano sólo puede realizarse plenamente cuando abre su corazón al otro, al que tiene necesidad.

Debemos luchar por la búsqueda del bien común frente a la corrupción egoísta.

La defensa de la vida frente a la extendida cultura de violencia y muerte.

Defender frente a la práctica de leyes sociales que corroen el fundamento primordial de la sociedad que es la familia.

La distribución de los bienes con conciencia social, y no el clientelismo político.

Aplicación justa y valiente de la ley en los tribunales frente a la impunidad.

Defensa equitativa de los derechos de todos frente a la discriminación de cualquier tipo: racial, de género, económica, política y religiosa.

Necesitamos la bendición de Dios para ir en ayuda de nuestros hermanos haitianos que la semana pasada fueron víctima de un feroz terremoto, son nuestros hermanos y necesitan de nosotros.

Es motivo de preocupación para todos los dominicanos el creciente auge que ha tomado la delincuencia, el aumento del consumo y distribución de drogas, el irrespeto por las leyes, el aumento de la criminalidad. Frente a los problemas que nos aquejan, debemos elevar nuestra oración confiada al Señor, invocando la protección de la Virgen Santísima de la Altagracia, para que interceda ante su Hijo Jesús a favor de este pueblo que tanto la ama y venera.

Pidamos en este día por nuestros gobernantes para que el Señor les de la sabiduría, la luz del Espíritu y el acierto en la toma de decisiones correctas que vengan a solucionar los problemas.

Tratemos de mantener viva la fe y abrir en medio de las dificultades el camino de la esperanza. Tenemos que tomar conciencia de que somos hermanos y debemos trabajar por un orden social más justo, equitativo, donde realmente se viva la unidad y fraternidad.

Ante la realidad que vivimos debemos pensar que no estamos solos, la Virgen de La Altagracia nos acompaña. En ella tenemos una estrella que nos guía y una madre que nos ama. La Madre de todos los dominicanos nos mira y nos protege con su inmenso amor maternal. Ella está presente entre nosotros y nos anima a perseverar. A ella debemos volver la mirada agradecida por habernos entregado a su Hijo, por habernos acogido y cuidado como hijos suyos.

Pedimos a la Madre de Dios Nuestra Señora de La Altagracia que: Cuide nuestras vidas, bendiga nuestros pueblos y guíe nuestros pasos por el camino del Reino Celestial.