Home | Centinela de la palabra | Comentario a las lecturas de la Solemnidad de la Ascensión del Señor

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de la Ascensión del Señor

Resultado de imagen para ASCENSION

Está junto a cada persona para siempre

1.- Introducción. Celebramos en este VII Domingo de Pascua la Solemnidad de la Ascensión del Señor. “Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo.”, dice el evangelio de San Lucas que se proclama hoy. El Señor se va. La Iglesia se hace adulta. En Pentecostés –que celebraremos el domingo que viene— llega el Espíritu Santo, que nos “lo enseñará todo”. El Tiempo Pascual está tocando a su fin y con él, todo ese largo periodo de gran intensidad, que terminaremos el Miércoles de Ceniza con el inicio de la Cuaresma…Y Jesús sigue con nosotros con su Palabra, con su Cuerpo, con su Sangre… Dispongamos nuestra alma y nuestro cuerpo para seguir a Jesús durante muchos meses, tiempo de paz y de crecimiento

2.- Reflexión

Los humanos somos capaces de estudiar y conocer las realidades materiales, basta aplicar a la tarea perspicacia e inteligencia. Los secretos de Dios, sin embargo, se nos escapan, son inescrutables; solo Él puede revelarlos. Si nos acercamos a Jesús recorriendo las etapas de su vida guiados solamente por la sabiduría humana nos toparemos con un denso misterio, buscando a tientas en la obscuridad. Todo lo que le ocurre, desde el principio hasta el fin, es un enigma. Su misma madre María se queda sorprendida y desbordada cuando el proyecto de Dios comienza a actuarse en su hijo (cf. Lc 2,33.50). También ella tiene que poner juntos, como las piezas de un mosaico, los diferentes acontecimientos (cf. Lc 2,19) para descubrir el rompecabezas del Señor. ¿Cómo descubrir su sentido? 

A esta pregunta responde el Resucitado en los primeros versículos del Evangelio de hoy (vv. 46-47). Él, refiere Lucas, abrió la inteligencia de los discípulos a la comprensión de las Escrituras: “Así está escrito…”. Solo de la Palabra de Dios anunciada por los profetas puede venir la luz que esclarezca los acontecimientos de la Pascua. En la Biblia, dice Jesús, estaba ya predicho que el Mesías tendría que sufrir, morir y resucitar.

Es difícil encontrar en el Antiguo Testamento afirmaciones tan explícitas. Sin embargo, no hay duda de que el cambio radical de mente de los discípulos y su comprensión de que el Mesías de Dios era muy diverso del que ellos esperaban, se han debido a los textos del profeta Isaías que hablan del Siervo del Señor “Despreciado y evitado de la gente, un hombre habituado a sufrir y curtido en el dolor…Verá sus descendencia, prolongará sus años…Por sus trabajos soportados verá la luz”  (Is 53,3.10.11).

Otro acontecimiento, dice el Resucitado, ha sido anunciado en las Escrituras: “En su nombre se predicará penitencia y perdón de pecados a todas las naciones” (47). Aquí, la referencia al texto bíblico es clara: “Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6). Según el profeta, es tarea del Mesías llevar la salvación a todas las gentes. ¿Cómo  se realizará esta profecía si Jesús ha limitado su actividad a su pueblo, si ha ofrecido la salvación solamente a los israelitas (cf. Mt 15,24)? 

En la segunda parte del evangelio de hoy (vv. 48-49) se responde a esta pregunta: Jesús se convierte en “luz de las naciones” a través del testimonio de sus discípulos. Se trata de un encargo muy por encima de la capacidad humana. Para desarrollar la misión de Cristo no bastan la buena voluntad ni las bellas cualidades, es necesario contar son su mismo poder. Esta es la razón de la promesa: “Por eso quédense en la ciudad hasta que sean revestidos con la fuerza que viene del cielo” (v. 49). Es el anuncio del envío del Espíritu Santo, el que se convertirá en protagonista del tiempo de la Iglesia. En los Hechos de los Apóstoles vendrá recordada frecuentemente su presencia en los momentos relevantes y su asistencia en las decisiones decisivas hechas por los discípulos. El evangelio de Lucas concluye con el relato de la ascensión (vv. 50-53). Antes de entrar en la gloria del padre Jesús bendice a los discípulos.

Terminadas las celebraciones litúrgicas del templo, el sacerdote salía del lugar santo y pronunciaba una solemne bendición sobre los fieles reunidos para la oración (cf. Eclo 50,20). Después de la bendición los allí presentes regresaban a sus ocupaciones con la certeza de que el Señor conduciría a buen fin todo trabajo y toda fatiga. La bendición de Jesús acompaña a la comunidad de sus discípulos  y constituye la promesa y garantía del éxito pleno de la obra que está a punto de comenzar.  

La apelación final no pudo ser más que la alegría: los discípulos “regresaron a Jerusalén llenos de alegría” (v. 52). Lucas es el evangelista de la alegría. Ya en la primera página de su Evangelio, leemos que ángel del Señor que dice a Zacarías: “Él traerá gozo y alegría, y muchos se regocijarán con su nacimiento” (Lc 1,14). Poco después, en la historia del nacimiento de Jesús, aparece de nuevo el ángel que dice a los pastores: “No tengan miedo. Estoy aquí para darles una buena noticia, una gran alegría para todas las personas” (Lc 2,10).

La primera razón por la que los discípulos se regocijan, a pesar de no tener al Maestro visiblemente presente con ellos, es el hecho de que entendieron que él no es, como pensaban sus enemigos, un prisionero de la muerte.

Han tenido la experiencia de su resurrección; están seguros de que cruzó primero el “velo del templo” que separaba el mundo de las personas del de Dios. Entonces mostró que todo lo que sucede en la tierra: éxitos y contratiempos, injusticias, sufrimientos e incluso los eventos más absurdos, como los que le han sucedido, no escapan al plan de Dios. Si este es el destino de cada persona, la muerte ya no causa temor; Jesús la transformó en un nacimiento a la vida con Dios. Esta es la primera razón para tratar con esperanza incluso las situaciones más dramáticas y complicadas.

La luz de las Escrituras les hizo comprender que Jesús no se fue a otro lugar, no se ha desviado, sino que se ha quedado con la gente. Su forma de estar presente ya no es la misma, pero no es menos real. Antes de la Pascua, estuvo condicionado por todas las limitaciones a las que estamos sujetos. Ahora no más y él puede estar cerca de cada persona, siempre. Con la Ascensión, su presencia no ha disminuido; ¡Ha incrementado! Aquí está la segunda razón para la alegría de los discípulos y la nuestra.

Resultado de imagen para ASCENSION