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Cantos en la Celebración Eucarística (II)

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Los cantos de la celebración: el canto de entrada

Comenzamos por el canto de entrada no porque sea el canto más importante de la celebración, sino porque cronológicamente es el primero. Este canto forma parte de los ritos iniciales de la Misa. La Ordenación General del Misal Romano nos explica la finalidad de estos ritos en el número 46: “Los ritos que preceden a la Liturgia de la Palabra, es decir, la entrada, el saludo, el acto penitencial, el “Señor, ten piedad”, el Gloria y la colecta, tienen el carácter de exordio, de introducción y de preparación. La finalidad de ellos es hacer que los fieles reunidos en la unidad construyan la comunión y se dispongan debidamente a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía”.

Un poquito más adelante, en el número 47, se habla específicamente del canto de entrada: “La finalidad de este canto es abrir la celebración, promover la unión de quienes están congregados e introducir su espíritu en el misterio del tiempo litúrgico o de la festividad, así como acompañar la procesión del sacerdote y los ministros”.

Es decir: los ritos iniciales tienen la función de hacer conscientes a todos los miembros de la asamblea que son precisamente eso, una asamblea reunida para la celebración, cuya principal característica es la comunión. Cuando nos reunimos para la celebración no somos solamente un grupo de personas aisladas unas de otras, cada una de las cuales va a dar culto a Dios sin referencia a los demás. Es la asamblea, signo de la Iglesia misma, la que se convierte en sujeto de la celebración, uniéndose a Cristo.

Por eso, el hecho de cantar juntos se convierte en uno de los elementos fundamentales para contribuir a esa comunión. Lo primero que hacemos, durante la procesión de entrada, es unir nuestras voces para aclamar a Cristo.

La segunda característica del canto de entrada es la referencia a la celebración y al tiempo litúrgico. Debería ser un canto que fuese como un prólogo y anticipo de todo lo que viene después.

Tradicionalmente, el canto de entrada se componía de una antífona y de un salmo. En la actualidad es más normal que tenga forma de himno, apto en su forma para ser cantado durante la procesión.

¿Quién debería cantar el canto de entrada? Cada vez que nos hagamos esta pregunta tendremos tres alternativas: el pueblo, el coro o un solista. Lo que está claro es que en el caso del canto de entrada el pueblo ha de intervenir. Si la asamblea calla durante el canto de entrada la primera finalidad de éste –fomentar la unidad– brillará por su ausencia, porque precisamente el gesto externo que fomenta esa unidad –cantar juntos– no se está haciendo. Por eso lo ideal sería ir alterando: coro y pueblo o solista y pueblo. La forma de canto con estribillo que se va repitiendo tras cada estrofa parece la más adecuada. Sería como una versión actualizada del esquema antífona-verso-antífona de los cantos de entrada gregorianos.

Conseguido esto, lo ideal sería tener un repertorio de cantos de entrada para los distintos tiempos litúrgicos, que la asamblea conociese bien, y otro repertorio de cantos para el Tiempo Ordinario –al menos cuatro o cinco– que se pudiesen ir alternando. En los textos se resaltaría el hecho de que hay una comunidad reunida para celebrar y que en el centro de esta comunidad y de esta celebración está Cristo, el Señor.

  Los cantos de la celebración: el «Señor, ten piedad»

Este canto está descrito en el número 52 de la Ordenación General del Misal Romano, que nos provee de todos los datos que necesitamos para una mejor comprensión del mismo. El primer dato que necesitamos es el “cuándo”. Dice el número: “Después del acto penitencial, se tiene siempre el Señor, ten piedad, a no ser que quizás haya tenido lugar ya en el mismo acto penitencial”. Es decir: el Señor, ten piedad no es en sí mismo el acto penitencial de la misa, sino que es una letanía que va después del acto penitencial. Así, tras haber pedido perdón a Dios por los pecados –con el Yo confieso o con el diálogo Señor, ten misericordia de nosotros… y haber concluido el acto penitencial el presidente con la fórmula absolutoria –Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros…– es entonces cuando se canta o se reza el Señor, ten piedad. Es verdad que el mismo Misal propone una alternativa, que es introducir el Señor, ten piedad dentro del mismo acto penitencial. En ese caso se hace preceder cada una de las invocaciones con una frase que aclama a Cristo y pide su misericordia.

Lo segundo que necesitamos saber es qué es esta pequeña letanía. El número 52 nos lo aclara: “un canto con el que los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia”. Si en el acto penitencial hemos pedido perdón a Dios Padre por nuestros pecados, ahora, en el Señor, ten piedad, nos volvemos a Cristo y le aclamamos, porque Él es el que nos ha traído la misericordia del Padre. Por eso, cuando el Señor, ten piedad entra a formar parte del acto penitencial y se le anteceden las frases que introducen cada invocación estas frases no han de ser una petición directa de perdón –“Por nuestros egoísmos, Señor, ten piedad”, sino que mantienen su característica de aclamación a Cristo –“Tú, que sanas nuestros egoísmos, Señor, ten piedad”–. Esto lo explica así el número 52: “Cuando el Señor, ten piedad se canta como parte del acto penitencial, se le antepone un “tropo” a cada una de las aclamaciones”.

En tercer lugar: ¿quién ha de cantar el Señor, ten piedad? Dice el número: “Por ser un canto con el que los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia, deben hacerlo ordinariamente todos, es decir, que tanto el pueblo como el coro o el cantor, toman parte en él”. Igual que el canto de entrada, es un canto en el que la asamblea toma conciencia de lo que es: crea la comunión. Por tanto, o bien es ejecutado por un solista y el pueblo, o por el coro y el pueblo.

Una última aclaración la hace el número a propósito de que en el rito de la misa anterior al Concilio Vaticano II las aclamaciones se repetían no dos veces, sino tres. Por eso, y dado que en los repertorios clásicos hay composiciones anteriores a la reforma litúrgica, se aclara: “Cada aclamación de ordinario se repite dos veces, pero no se excluyen más veces, teniendo en cuenta la índole de las diversas lenguas y también el arte musical o las circunstancias”.

El Señor, ten piedad, es un canto que en sí mismo es un rito, por lo que no se ha de acortar, omitir o cambiar su texto o su naturaleza. Es, además, uno de los cantos del Ordinario de la Misa, de lo que dijimos en su momento que hay que asegurar en primer lugar que se puedan cantar.

Los cantos de la celebración: el Gloria

Bastará con comentar el número 53 de la Ordenación General del Misal Romano. Leámoslo con atención: “El Gloria es un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al Cordero. El texto de este himno no puede cambiarse por otro. Lo inicia el sacerdote o, según las circunstancias, el cantor o el coro, y en cambio, es cantado simultáneamente por todos, o por el pueblo alternando con los cantores, o por los mismos cantores. Si no se canta, lo dirán en voz alta todos simultáneamente, o en dos coros que se responden el uno al otro. Se canta o se dice en voz alta los domingos fuera de los tiempos de Adviento y de Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas, y en algunas celebraciones peculiares más solemnes”.

Es un himno antiguo y venerable, centrado en el Padre, objeto de nuestra glorificación, pero sobre todo en el Hijo, a quien también glorificamos y a quien suplicamos –Él es el mediador de toda la oración de la Iglesia–, con una breve referencia al Espíritu añadida cuando el himno, de origen oriental, pasó a utilizarse en la liturgia romana. He aquí el objeto de nuestro artículo: el Gloria.

Aparte de hablar del origen antiquísimo del himno –se remontaría, en sus primeras versiones y en el ámbito de las Iglesias orientales, nada menos que a los siglos III y IV– el número insiste en algo fundamental: “El texto de este himno no puede cambiarse por otro”. Esto ocurre con el Gloria y con todos los demás textos englobados en el ordinario de la misa: Señor, ten piedadCredoSantoCordero de Dios. Son textos fijados, no variables. Su antigüedad les dota de una riqueza de contenido extraordinaria, y por eso la Iglesia los ha fijado entre las partes invariables de la Misa. Por eso no está permitido sustituirlos por otros.

A veces encontramos que ciertos coros, con buena voluntad pero con deficiente realización, cambian el texto del Gloria por otro canto que comience por esa palabra o contenga la misma palabra en lugar destacado. No es suficiente. Ese canto sería adecuado para otros momentos de la misa, pero no para éste.

La otra característica que es común a los cantos del ordinario es que son cantos donde la asamblea debe intervenir. De hecho en muchos casos son una especie de diálogo entre el coro y el pueblo o el solista y el pueblo. Así está estructurado el Gloria en el canto gregoriano: donde se van alternando la schola y la asamblea. Por eso, aunque se utilicen composiciones modernas–pongamos por ejemplo del de F. Palazón o el de Kiko Argüello–, es importante que la asamblea no quede muda en este momento. Puede haber excepciones en las que, por ejemplo si en la misa canta una coral, se utilicen piezas por ejemplo del barroco, donde la asamblea no interviene. Pero eso no puede ser la norma, sino la excepción.

El Gloria es un elemento que permite graduar la solemnidad de las celebraciones y la ausencia del mismo, por ejemplo en Adviento y Cuaresma, permite subrayar el aspecto preparatorio de esos tiempos litúrgicos. Es verdad que cuando no se canta es recitado por todos, pero la asamblea debería habituarse a cantarlo, si no todos los domingos, desde luego sí en los domingos de los tiempos fuertes en los que se usa y en las grandes solemnidades.

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