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Cantos en la Celebración Eucarística (I)

Puede que uno de los aspectos más descuidados en nuestras celebraciones sea el del canto y la música. Un hermano sacerdote me dijo hace unas semanas que sería conveniente hacer algo desde la Delegación de Liturgia para ayudar a las parroquias, coros, etc., a ejercer mejor su ministerio. Por eso vamos he dedicado una larga serie de artículos –que recogemos aquí en uno solo– a esta temática.

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Lo primero que hemos de hacer es acudir a documentos autorizados de la Iglesia que nos propongan unos criterios básicos a la hora de emprender este camino. Como de lo que se trata es sobre todo del canto en la celebración de la Eucaristía nos vamos a ir a la introducción del Misal, la Ordenación general del Misal Romano (2002), y en concreto a los números 39 al 41 de la misma. Forman un epígrafe del que hemos sacado el título del artículo–«Importancia del canto en la celebración»– y ya de entrada plantean algunos criterios e ideas que son fundamentales, y que no siempre parecen estar tan claras al ver la música y el canto en nuestras celebraciones.

El número 39, por ejemplo, dice: «Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando unidos la venida de su Señor, que canten todos juntos salmos, himnos y cánticos inspirados (cfr. Col 3,16). Pues el canto es signo de la exultación del corazón (cfr. Hch 2, 46). De ahí que San Agustín dice con razón: “Cantar es propio del que ama”, mientras que ya de tiempos muy antiguos viene el proverbio: “Quien canta bien, ora dos veces”». Parece que no dice mucho, pero sin embargo nos está ofreciendo un criterio básico: el canto pertenece a la asamblea. Igual que la asamblea, en un momento dado, responde con la palabra o la oración, también participa con el canto. Por eso no se puede, de entrada, privar a la asamblea de la posibilidad de cantar: la misa no puede ser un concierto, por hermosa que sea la música, en la que la asamblea permanezca muda. Otra cosa es preguntarse si hay momentos en los que se debe cantar y momentos en los que es posible –e incluso recomendable– la intervención del coro solo, o de un solista o simplemente de música instrumental. Pero, de entrada, la primera afirmación es clara: el canto en la celebración es un medio de participación de la asamblea, del que no se le debe privar.

El segundo criterio, que nos lo da el número 40, es de la gradación: “Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa, atendiendo a la índole de cada pueblo y a las posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no sea siempre necesario, como por ejemplo en las Misas feriales, cantar todos los textos que de por sí se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos y fiestas de precepto”. El canto nos permite algo importantísimo en la celebración: el poder distinguir la importancia de unas celebraciones frente a otras. Esto está en la estructura de la celebración y del Año Litúrgico, pero no siempre queda claro. No es lo mismo, por ejemplo, una misa de feria del Tiempo Ordinario que un domingo del Tiempo Ordinario. No es igual un domingo del Tiempo Ordinario que un domingo de Pascua. ¿Cómo distinguirlos? ¿Cómo subrayar lo más importante? La liturgia nos ofrece distintos elementos –con Credo o sin él, con «gloria» o sin «gloria»–, y, entre ellos, el de la música: no siempre es necesario cantar todo lo que se podría cantar, dice el número, y añade que hay que cuidar los domingos y las fiestas más importantes.

Pero surge un problema: ¿qué cantamos y qué no? ¿Cómo graduamos? ¿Cómo distinguimos lo que es prioritario cantar de lo que no? A eso responde la segunda parte del número 40, y con ello comenzaremos el artículo de la semana que viene.

¿Hay una gradualidad en el canto en la celebración?

Contesta a esta pregunta la segunda parte del número 40 de la OGMR, que dice así: “Al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono”.

Varias conclusiones podemos sacar de este breve párrafo. La primera de ellas es que no siempre se ha de cantar todo. El número indica que una tarea previa es determinar qué partes se van a cantar.

En efecto, el canto en la celebración litúrgica exige una gradualidad. No todas las celebraciones son igual de importantes. El canto nos permite subrayar aquellas que lo son más. De esta manera se convierte en uno de los principales medios de participación litúrgica de la asamblea.

Imaginemos, por ejemplo, que en una misa ferial –entre semana– del Tiempo Ordinario, cantásemos absolutamente todo. ¿Cómo podríamos distinguir entonces el domingo, que dentro de la semana es la celebración litúrgica principal, de la “Pascua semanal”?

Hay, por tanto, una gradualidad en las celebraciones. Y no sólo es la semana la que nos la marca, sino también los tiempos litúrgicos. Así, por ejemplo, un domingo de Cuaresma, que es un tiempo de preparación para la Pascua, no puede tener los mismos elementos cantados que un domingo del Tiempo Pascual, donde celebramos aquello para lo que nos hemos estado preparando.

También el calendario, es decir, las fiestas de los santos, tiene una gradualidad propia –memorias, fiestas, solemnidades– y nos invita a subrayar más con el canto las celebraciones que de por sí tienen una mayor importancia.

No se trata de solemnizar la celebración, en el sentido de añadir algo externo para hacerla más espectacular, o más rimbombante. Por el contrario se trata de utilizar el canto para favorecer la participación de los fieles en las celebraciones. De lo contrario, estaremos utilizando el canto meramente como un concierto, como un elemento externo a la celebración, y no es eso lo que la liturgia exige.

La segunda conclusión que extraemos del número de la OGMR que estamos comentando es que hay una gradualidad –una escala de importancia– entre las distintas partes de la misa. No se trata de cantar todo, indiscriminadamente, o elegir de forma aleatoria unas partes de la misa, quizás porque son cantos que nos sabemos. El criterio no puede ser ese.

Nos dice el número 40 que en la misa hay partes más importantes que otras a la hora de decidir qué se ha de cantar y qué no. ¿Cuáles son? El número responde que son aquellas en las que hay un diálogo entre el sacerdote –o el diácono– y el pueblo, y aquellas que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono. El número se está refiriendo a los cantos que se llaman del ordinario de la misa: el Señor, ten piedad, el Gloria, el Santo y el Cordero de Dios. Esos son los cantos que todo coro, para favorecer la participación de la asamblea, debería tener siempre asegurados. No siempre ocurre así: por poner dos ejemplos que vemos a menudo: el Cordero de Dios brilla por su ausencia, absorbido muchas veces por el canto de la paz. El Gloria se sustituye a veces por cantos que no respetan la letra litúrgica. Parece urgente, por tanto, recuperar la importancia de los cantos del ordinario de la misa. Algo de ello diremos la semana que viene, comentando el número 41, que nos hablará del canto gregoriano.

El canto gregoriano y los textos en latín

En lo que se refiere al canto gregoriano dice la primera parte del número: “En igualdad de circunstancias, dese el primer lugar al canto gregoriano, ya que es propio de la Liturgia romana. De ninguna manera se excluyan otros géneros de música sacra, especialmente la polifonía, con tal que sean conformes con el espíritu de la acción litúrgica y favorezcan la participación de todos los fieles”.

Uno podría pensar que en las parroquias y comunidades cristianas actuales es bastante complicado articular este número. Que los fieles aprendan a cantar en gregoriano puede parecer una quimera. Además, ¿por qué? ¿Es que no hay otros estilos musicales válidos?

En el año 1903 –ha llovido un poco desde entonces– el Papa San Pío X publicaba un documento importante sobre la música litúrgica: el motu proprio que se titula Tra le sollecitudini. Allí el Papa salía al paso de la situación de la música religiosa en su época: estilos musicales muy recargados, más propios de un concierto que de una celebración religiosa, totalmente alejados de las posibilidades de participación del pueblo fiel. El Papa pone un ejemplo de cómo debería ser la música religiosa, y lo encuentra en el canto gregoriano, que había sido muy abandonado desde hacía siglos. En concreto dice lo siguiente en un determinado momento, aludiendo a cómo debe ser el estilo musical litúrgico que se emplee: “una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano”.

Creo que el texto de la OGMR 41 hay que leerlo a la luz de esta clave: en el canto gregoriano encontramos unas claves de cómo ha de ser la música litúrgica. Cantemos o no en gregoriano en nuestras celebraciones –y algunas piezas no estaría mal que toda la asamblea las conociese–, independientemente de ello, el estilo musical que usemos debería tener características similares a las del que es, en palabras del propio número 41, el estilo musical propio del rito romano.

Qué características del gregoriano podríamos señalar que fuesen útiles a la hora de valorar, en comparación con él, el estilo musical utilizado en la celebración? A vuelapluma se me ocurren tres.

La primera es la simplicidad y la sencillez. La música está al servicio del texto, y no al revés. La música litúrgica no es, ni debe ser, un concierto, y ha de estar la celebración en función de la música y el canto, sino la música y el canto al servicio de la celebración. El equilibrio del canto gregoriano en ese sentido es un buen ejemplo a seguir.

La segunda, la inspiración bíblica. ¡Cuántos textos en tantísimos cantos se alejan de la inspiración bíblica y se convierten en textos pésimos! Sentimentalismo, ñoñería e incluso en ocasiones serias dudas sobre la ortodoxia doctrinal se ciernen sobre cantos que hemos asumido como normales en nuestras celebraciones. En el canto gregoriano, salvo el caso de los himnos –y muchos de ellos son paráfrasis de la Escritura– casi todos los textos están sacados de la Biblia, y tienen por ello un valor intrínseco. Al comienzo de los años de la reforma litúrgica muchos músicos católicos se inspiraron en esta característica para componer cantos de una belleza y calidad innegable: Lucien Deiss; Joseph Gelineau, en el ámbito francés; Aragüés o Palazón, en el ámbito español. Hoy, sin embargo, las fuentes de inspiración parecen otras.

Lo tercero, es música litúrgica. Pensada para la liturgia. No es una adaptación de música hecha para otra finalidad.

Para leer la segunda parte presiona aquí: http://centineladelafe.com/cantos-en-la-celebracion-eucaristica-ii/

Para leer la tercera parte presiona aquí: http://centineladelafe.com/cantos-en-la-celebracion-eucaristica-i/