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8 maneras de enseñarles a tus hijos a controlar sus emociones

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La autorregulación de las emociones es un proceso muy importante que todos debemos aprender desde pequeños. ¿Cómo facilitarles ese camino a tus hijos y comprender mejor sus reacciones?

Joaquín tiene 3 meses. Sofía, su madre, está un poco agobiada porque él llora mucho. Llora cuando tiene hambre, cuando tiene sueño, cuando está acalorado, cuando está despierto, cuando está solo… Con el tiempo, y mucha paciencia, ella ha ido aprendiendo a diferenciar y a entender esos distintos tipos de llantos, lo que le permite atender al niño e ir ayudándolo a calmarse.
Andrea tiene 3 años. Es una niña alegre, conversadora y cariñosa. Sin embargo, cuando algo no le gusta “es mejor salir arrancando”, dicen sus padres. Es capaz de hacer unas pataletas en las que sufre una verdadera transformación. Grita, se tira al suelo, llora y golpea. ¡Es tan distinta a cuando está contenta! Sus padres saben que si le dan su espacio, le conversan y la distraen Andrea termina olvidándose de su “maña” y vuelve a ser la niña encantadora de siempre.
Martín tiene 8 años. Es deportista, le encanta estar con sus amigos y jugar a la pelota. ¡Pero le cuesta tanto estar tranquilo! Varias veces al mes llega con anotaciones negativas, por conversar, por jugar en clases, por hacer bromas a profesores o compañeros y por mucho que sus padres hablan con él y él se arrepiente, vuelve a cometer los mismos errores.
Catalina tiene 15 años. Sus padres no pueden creer la transformación que ella ha vivido en los últimos años. De ser una niña tranquila, extrovertida, divertida y sociable, se ha transformado en una persona impulsiva y confrontacional. Los papás sueñan con que le devuelvan a su niñita de antes.

Al mirar cada una de estas historias, podríamos pensar que son todos casos de “niños difíciles”, “mañosos” o complicados. Sin embargo, si tratamos de entender lo que están viviendo desde una perspectiva evolutiva y consideramos los aportes que la neurociencia ha hecho a la psicología, podremos entender que cada una de estas historias representan procesos normales y esperables dentro del desarrollo de una capacidad muy importante del ser humano: la autorregulación.

La capacidad para autorregularse se va construyendo lenta y gradualmente a lo largo de la vida, comienza incluso antes del nacimiento y ocurre de forma muy especial en los primeros años. Desde un recién nacido que depende en un 100% de sus padres para poder calmarse, se debe recorrer una largo camino hasta lograr, al final de la adolescencia, la capacidad de pensar sobre los propios actos y sus posibles consecuencias, regulando los propios impulsos y emociones.

Este es un camino largo, que no está exento de dificultades y que se basa en dos pilares fundamentales: la madurez y desarrollo cerebral; y la apropiada acción modeladora del ambiente. Es por esto que el desarrollo de la autorregulación es un largo proceso, en el que los padres estamos llamados a acompañar a nuestros hijos, con paciencia y serenidad, entendiendo que un niño pequeño no es capaz, por su desarrollo cerebral, de lograr los mismos niveles de autodominio que un adulto. Si somos conscientes que el logro de la autorregulación supone un proceso, seremos capaces de ir conduciendo y potenciando esta capacidad en nuestros hijos.

¿Qué es la autorregulación?

Es la capacidad que tenemos los seres humanos de hacernos cargo de las propias emociones, deseos, necesidades, tendencias e impulsos (los que se despiertan a nivel inconsciente e involuntario), modulando su expresión para ponerlos al servicio de los propios proyectos, metas y objetivos.

Sí, es compleja y supone una serie de procesos cognitivos y metacognitivos, que nos hacen capaces de reflexionar, planificar y organizar nuestra conducta en función de objetivos, en vez de dejarnos llevar solamente por nuestras vivencias internas.

Para los interesados en más detalles, estos procesos se denominan funciones ejecutivas, pues son los que nos permiten “administrar” nuestro tiempo, recursos y respuestas. Y esas funciones se ubican en la corteza prefrontal del cerebro, una de las estructuras más complejas del cerebro humano y una de las últimas zonas de en completar su maduración.

8 acciones para potenciar el desarrollo de la autorregulación de nuestros hijos

– Entender el proceso

La mirada evolutiva es fundamental, porque nos ayuda a contextualizar y saber qué podemos esperar y exigir a nuestros hijos en las distintas edades. Entender que la estructura y organización cerebral de un niño pequeño hace que necesite de otro para regularse, permite que como padres seamos capaces de tener más paciencia y entender que hay reacciones que son normales y requieren de nuestra contención.

Así mismo, saber que en la adolescencia se produce toda una reestructuración de las conexiones neuronales, que llevan a que el joven tenga mayores dificultades para organizarse y que aumente la impulsividad, nos permite entender estas conductas como parte de un proceso que requiere de nuestro apoyo y no como simple “rebeldía”.

– Mantener la propia calma y ser modelos de autorregulación

Cuando los padres perdemos el control y reaccionamos agresiva o impulsivamente frente a las conductas de nuestros hijos estamos entregando, a un cerebro en formación, un estilo de respuesta que será aprendido. Por el contrario, si frente a una situación en que el niño está desregulado, somos capaces de mantenernos serenos, de reflexionar y mostrar un curso de acción claro, estaremos modelando en el niño o adolescente este tipo de respuestas.

– Fomentar la reflexión

Ser capaz de pensar sobre lo que nos está pasando y poner en palabras lo que estamos sintiendo, permite tomar perspectiva y distancia sobre las propias vivencias. La reflexión es lo que permite actuar de forma autorregulada, porque nos hace capaces de tomar decisiones integrando lo que sentimos y lo que pensamos (los impulsos, emociones y la razón).

Por esto debemos enseñar a nuestros hijos, desde que son pequeños a pensar y entender lo que están viviendo. Al principio esto es muy difícil para el niño, por su nivel de lenguaje y el desarrollo de su pensamiento. Por esto necesitará que nosotros pongamos en palabras y hagamos la reflexión por ellos: “Anita veo que estás muy enojada porque se te desarmó la torre. Ven cálmate y podemos construirla juntos de nuevo”. A medida que el niño va creciendo, podemos ir haciéndole preguntas y dándole algunas guías que vayan favoreciendo la reflexión del propio niño, de modo que éste proceso que antes hacíamos totalmente desde afuera se vaya, poco a poco, internalizando: “¿Qué sentiste cuando tu hermano te dijo eso? ¿Cómo crees que podrías enfrentarlo? ¿Por qué crees que tu amigo actuó así?”.

– Ayudar al niño a entender sus propias vivencias

Muy relacionada con lo anterior, una forma concreta de promover la autorregulación, consiste en enseñarle a nuestro hijo a identificar sus emociones. Ponerle un nombre a lo que uno va sintiendo da un mayor control sobre la respuesta que ejecutamos. Podemos aprovechar cada situación de la vida diaria para enseñar a identificar sus emociones: “te dio rabia que tu hermano sacara tu cuaderno”; “te asustaste con ese ruido fuerte”. Es importante validar las distintas emociones, dándole un espacio a la rabia, la tristeza o los celos, ya que son parte de la vida humana.

– Enseñar conductas apropiadas para expresar sus emociones

Si bien todas las emociones son válidas, ya que son reacciones naturales de la persona, también es importante enseñarle a nuestro hijo formas apropiadas para expresarlas y canalizarlas. Mostrarle que entendemos la rabia que le dio que no le diéramos un determinado permiso, pero hacerle ver que no por eso puede gritar un garabato a sus padres, es validar la emoción pero modelar la conducta. En este caso sería importante enseñarle una conducta concreta que le permita expresar, de forma modulada, lo que siente. Por ejemplo, decirle que respire profundamente 10 veces y luego nos diga lo que está sintiendo y lo que le dio rabia.

– Promover hábitos y rutinas

Los niños necesitan un cierto orden externo, un ritmo en sus vidas, para ir adquiriendo gradualmente un orden interno. Las estructuras externas van, poco a poco, dando origen a estructuras internas, las que finalmente nos dan la capacidad de autorregularnos. Por ejemplo, si un niño tiene el hábito y luego la rutina de comer a las cuatro horas que corresponden (y no en cualquier momento), esa estructura irá modulando su propio apetito y así no tendrá hambre o ganas de comer todo el día. Si un niño sabe que cuando llega del colegio debe tomar té y luego hacer sus tareas para después jugar, le será más fácil organizar su tiempo e iniciar el estudio.

– Enseñar a organizarse

Para ser capaces de regularnos desde nosotros mismos, tenemos que ser capaces de priorizar, jerarquizar y secuenciar los pasos que debemos realizar para hacer una tarea o lograr una meta. A los niños pequeños les cuesta hacer esto de forma autónoma, por lo que necesitan que los guiemos y les vayamos dando las instrucciones de a poco. Si como padres ayudamos a nuestro hijo a ser conscientes de este proceso, ellos irán aprendiendo a hacerlo por sí mismos, lo que les ayudará a ser más eficientes en el uso de su tiempo y efectivos en el logro de las metas.

Por ejemplo, si a un niño chico le decimos “ordena tu pieza”, es probable que no sepa por dónde empezar, qué es lo que debe hacer primero y cómo continuar, por lo que es probable que simplemente no haga nada, quedando “paralizado” frente a esta tarea compleja. En cambio, si le decimos: “Vas a ordenar tu pieza. Lo primero es separar la ropa de los juguetes. Luego los juguetes los pondrás en esta caja y la ropa en el cajón”, le estamos ayudando al niño a descomponer la tarea en pasos, lo que guiará su conducta y le ayudará a cumplir la meta.

– Promover la autoevaluación y el automonitoreo

A través de preguntas podemos ir enseñando a nuestro hijo a evaluar si su conducta le está permitiendo cumplir los objetivos propuestos. De este modo puede decidir continuar en esa misma línea de acción o corregir el rumbo, en caso de que se esté apartando del resultado deseado. Por ejemplo, si el niño recibió en la casa el encargo de poner la mesa, y de pronto vemos que después de poner el mantel se quedó pegado en la televisión, en vez de retarlo porque no termina lo que hace, podemos apelar a la autoevaluación, a través de una pregunta: ¿Juan, que es lo que tenías que hacer?, ¿lo terminaste? Así revisará el objetivo y podrá determinar qué pasos le falta realizar, de modo de planificar su conducta y completar la tarea.

Todas estas ayudas suenan más simples en el papel que en la práctica, pues es un camino difícil el de enseñar a los hijos la autorregulación, porque muchas veces a nosotros mismos nos cuesta autorregularnos. Sin embargo, ser conscientes de la importancia que tiene y saber al respecto de ello, nos ayuda a mirar desde otra perspectiva y poder enfrentar con más calma este proceso que comienza desde que nacemos y que dura toda nuestra etapa de crianza (o incluso nuestra vida).

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