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6 Actitudes fundamentales de un equipo de liturgia parroquial

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Para formar parte del equipo es imprescindible sentir interiormente un impulso o vocación: querer servir y ayudar a la comunidad. Vocación que irá gradualmente madurando a medida que transcurra el tiempo e irá manifestándose cada vez más sólida y consciente. Pertenecer al grupo no es una moda, ni sirve para lucirse ante la asamblea, ni es una concesión sobre todo a los laicos, sino una vocación de servicio. Vocación que exige dedicar generosamente un tiempo, comprometerse a realizar unas funciones en las celebraciones litúrgicas y poner a disposición de la comunidad los dones recibidos del Señor.

Para el buen funcionamiento del grupo de liturgia conviene que todos los miembros sean conscientes de algunas actitudes fundamentales, por ejemplo:

1.- El espíritu de servicio

La persona que pertenece al equipo debe estar convencida que ejerce una función desinteresada en favor de la asamblea litúrgica. Su servicio consiste en ayudar a comprender, participar y vivir lo mejor posible el misterio que se celebra en las acciones litúrgicas. Debe tener presente el espíritu de las palabras de Jesús cuando dijo: “el Hijo de Dios ha venido a servir y no a ser servido”. El espíritu de servicio lleva consigo la disposición de superar las dificultades que puedan surgir en el grupo. Se intentará buscar en el diálogo la verdad y la comprensión. Procurará no imponer a  los demás sus criterios personalistas para no romper el espíritu de comunión.

2.- El espíritu de comunión

Todas las acciones de la Iglesia están marcadas por un profundo sentido de comunión. Si en la liturgia se celebran los misterios que unen, es natural que entre todos los agentes de animación debe reinar el espíritu de comunión. Este espíritu se manifiesta cuando se programa y coordina, y cuando se ejercen las diversas funciones en las celebraciones. Es consolador oír a veces al salir de una celebración esta frase: “entre vosotros se percibe un verdadero equipo unido y organizado”. Es un elogio y, a la vez, un testimonio del grupo ante la asamblea litúrgica. El espíritu de comunión que debe reinar entre los miembros del grupo se extenderá también a los otros grupos que trabajan en diversas actividades de la parroquia o iglesia. El equipo de animación litúrgica no puede permanecer aislado o considerarse el único. Cada equipo según las circunstancias, debe intentar buscar los mecanismos para establecer relaciones con todos los grupos parroquiales.

3.- Ser participante antes que agente de animación

Quien ejerce un ministerio o función en la celebración es un miembro activo de la asamblea a la que sirve. No ejerce su función para que los fieles canten y recen, escuchen y celebren el misterio o para hacer comentarios, sino para que él sea el primero en participar en el canto, en la oración, en la escucha y en toda la celebración. El agente de la animación no puede quedarse fuera de la participación mientras pretende animar a la asamblea para que ore y celebre. Él es participante activo y, a la vez, el agente de la animación.

4.- Conocer la comunidad

El grupo de animación litúrgica para que pueda cumplir su misión es indispensable que conozca la asamblea litúrgica: su ambiente social, su cultura y lenguaje, sus realizaciones y tensiones, sus problemas y esperanzas para evitar en el ejercicio de sus funciones la marginación de unas personas o exigir a la asamblea más de lo que puede dar. Existe hoy un pluralismo no sólo en la cultura, sino también en la confesión de la fe y en la práctica religiosa obliga a tener en cuenta la graduación de la fe de los que forman la asamblea. Todos están llamados a participar, a confesar la fe, a orar y dar gracias, pero no todos buscan a Dios del mismo modo, ni todos viven la fe con la misma intensidad. Esta variedad reclama por parte del equipo de animación litúrgica un conocimiento de las asambleas para ayudar a todos a crecer en el camino de la fe.

5.- Querer mejorar las celebraciones

En los últimos años personas de buena voluntad han ejercido ciertas funciones en las celebraciones. Han hecho un gran servicio y merecen una alabanza y reconocimiento por su voluntad, servicialidad y generosidad. Pero ello no impide detectar deficiencias en sus actuaciones ante la asamblea. Hay lectores que leen bien, pero no son comunicadores de la Palabra o desconocen las técnicas del sonido. Hay también directores del canto y organistas especializados pero que desconocen la normativa y el espíritu litúrgico. Incluso hay presidentes a quienes les falta el sentido litúrgico de la presidencia o no conocen las posibilidades que ofrecen los libros litúrgicos para una mayor participación de la asamblea. Cuando se ejercen funciones en las celebraciones litúrgicas al azar o se dejan ala simple improvisación del espontáneo da la impresión de falta de preparación. Los espontáneos deben desaparecer en las celebraciones litúrgicas en beneficio de una adecuada preparación. No se trata de cumplir una función, sino de realizarla con una preparación consciente y técnica, con una capacidad humana y comunicativa y con sensibilidad y espíritu litúrgico. Las palabras y gestos, los símbolos y ritos, los movimientos tienen su significado y como tal deben aparecer. Los agentes tienen la misión de ayudar a descubrir y apreciar su verdad y autenticidad. Realizan una función icónica y por lo tanto deben conducir hacia la realidad simbolizada o significada.

6.- Conocimiento de las leyes de la celebración litúrgica

La celebración litúrgica tiene sus leyes y su dinámica. El agente de la animación las debe conocer para que el ejercicio de su función sea cada día más eficaz en bien de la asamblea. Teniendo en cuenta el ritmo, duración, unidad y misterio.

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