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2do. Domingo del Tiempo de Adviento. Ciclo B

Queridos centinelas: Llegamos al segundo domingo de Adviento, con la segunda luz de la corona, seguimos encendiendo nuestro corazón y nuestra esperanza para la venida del Señor. Hoy quiero reflexionar sobre dos ideas de las lecturas de este domingo:

  1. Mensaje de consuelo y esperanza: “Consolad consolad a mi pueblo dice vuestro Dios” (Is 40, 1-5. 9-11).

El problema del sufrimiento y del sentido de la vida es un problema inevitable que el hombre trata de resolver, sobretodo en estas sociedades sometidas a ritmos soñolientos que buscan hacernos olvidar, en las periferias de las calles, el verdadero objetivo fundamental de nuestra existencia. Si pensamos en todas las personas que sufren depresión y ansiedad, que en los últimos años va en crecimiento, podríamos afirmar que parecemos vencidos ante el dolor y el sufrimiento de nuestro ser.

Resultado de imagen para jesus consolandoMás ante este panorama que parece sombrío, las palabras del profeta Isaías resuenan en el desierto de nuestro dolor, trayendo a nuestras vidas la luz que viene de Dios. Solo de Dios conseguimos la verdadera consolación. Por eso el grito de “consolad” rompe y seguirá rompiendo los silencios de nuestro dolor, revelando la profunda compasión de Dios que, conmoviéndose ante la miseria humana, en el caso de Isaías el destierro, viene en ayuda de nosotros. El pueblo de Israel se encontraba sin patria, sin rey, sin ley, sin templo, en fin, sin identidad, y allí llega el Señor con este grito profético: “Consalad Consolad a mi pueblo”, que es una forma de decir: “Aquí está tu Dios”, “Aquí está tu consuelo”.

Por eso, queridos centinelas, no debemos olvidar dos virtudes esenciales: paciencia y esperanza (2 Pedro 3,8-14) frente al sufrimiento, porque el Señor viene con la ternura de la Madre, en un simple pesebre, pero con la fuerza del liberador.

  1. Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.Resultado de imagen para juan el bautista voz que grita en el desierto

La figura de Juan el Bautista es una de las figuras más significativas del Adviento, tal como podemos leer en los evangelios de este domingo y del siguiente. Si, como hemos dicho, el Adviento es tiempo de preparación y penitencia, Juan el Bautista, el Precursor, predicaba con la palabra y con el ejemplo una penitencia y una preparación que terminara en la conversión y en el bautismo. Él mismo era una persona convertida, que se había retirado al desierto para prepararse al encuentro con el Señor que iba a venir y del que él no era digno ni de desatarle las correas de las sandalias. La preparación de Juan el Bautista se manifestaba en unas virtudes que eran, y siguen siendo para nosotros, fundamentales en nuestra vida cristiana. La sobriedad en el comer y en el vestir. ¡Cuánto dinero inútil gastamos muchos de nosotros en comprar vestidos que no necesitamos y en comer más, o más caro, de lo que pudiéramos y debiéramos! En las sociedades más avanzadas, los roperos individuales están llenos de ropa que no necesitamos, y casi un tercio de la comida que se hace termina en los basureros, cuando existen millones de personas que no tienen la comida necesaria para vivir con dignidad.

Resultado de imagen para juan el bautista voz que grita en el desiertoOtra verdad destacadísima de Juan el Bautista fue la humildad. No quiso nunca parecer el primero, porque sabía que no era. La soberbia humana es la madre de la avaricia y de muchos males de nuestra sociedad. Por pura soberbia humana pretendemos aparecer lo que no somos, humillamos al prójimo, y desencadenamos conflictos y problemas muchas veces dificilísimos después de resolver pacíficamente. A ejemplo de Juan el Bautista, en este segundo domingo de Adviento debemos nosotros fortalecer nuestro propósito de conversión, siendo sobrios en el comer y en el vestir, y siendo humildes, generosos y solidarios con las personas más pobres y desafortunadas que nosotros. Así nos prepararemos para recibir el bautismo de Jesús, el bautismo del Espíritu Santo, un bautismo que debe ser un nuevo nacimiento, dando muerte al hombre viejo y carnal que hay en nosotros y viviendo en comunión con Cristo, como criaturas nuevas y espirituales. Esto es prepararse dignamente para la Navidad.