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Comentario a las lecturas del 17º Domingo del Tiempo Ordinario – 28 de julio de 2019 – Año C

La oración, una lucha con Dios

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a.- Introducción

Los creyentes rezan, cualquiera que sea la religión a la que pertenecen. También los cristianos rezan. Rezan por quien está enfermo, por el que no encuentra trabajo, por el hijo que frecuenta malas compañías, por las familias con problemas. Piden a Dios que envíe la lluvia, bendiga las cosechas, proteja de las desventuras. Hoy, este tipo de oración es objeto de risa para algunos, deja indiferentes a otros y suscita no pocos interrogantes también entre los creyentes. ¿Por qué rezar a Dios quien ya conoce lo que necesitamos y está siempre dispuesto a darnos toda clase de bienes?

Ante las más fervorosas peticiones, sin embargo, Dios ordinariamente calla, deja que los acontecimientos sigan su curso aparentemente absurdo. Todo sigue como si él no existiera y su inexplicable silencio nos hace exclamar: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Sal 22,2).

El diálogo con él asume también tonos dramáticos, se transforma en discusión, en disputa abierta. Jeremías le lanza una acusación casi blasfema: “Te me has vuelto arroyo engañoso de agua inconstante” (Jr 15,18), como un torrente que baja turbio en tiempos del deshielo cuando se deshace la nieve, pero que con el primer calor se seca y en verano desaparece de su cauce. Las caravanas de Temá lo buscan…pero queda burlada su esperanza y al llegar se ven decepcionados. (cf. Job 6,15-20). 

Hubiéramos querido un Dios complaciente, que se hiciera garante de nuestros sueños. Él, por el contrario, intenta liberarnos de nuestras ilusiones, sacarnos de nuestra mezquindad, de nuestros horizontes estrechos, de nuestros vanos deseos, para involucrarnos en sus proyectos. La oración se convierte así en una lucha con el Señor, como la sostenida por Jacob durante toda una noche junto al vado del Yaboc (cf. Gn 32,23-33). Sale vencedor quien se rinde a Dios.

b.- Reflexión

Si el pasado domingo el pasaje del Evangelio nos recordaba la importancia de escuchar la palabra de Dios, como María, la hermana de Lázaro, que estaba sentada a los pies del Maestro, en el Evangelio de hoy Jesús, ante la petición de sus discípulos, les enseña a orar.

1. Señor, enséñanos a orar. Ésta es la petición que los discípulos hacen al Señor. Sabemos que Jesús dedicaba mucho tiempo a la oración. En el Evangelio escuchamos cómo muchas veces se va Jesús a un lugar apartado, o a la montaña, a orar. En el pasaje de hoy escuchamos cómo Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando termina sus discípulos se acerca a Él para pedirle que les enseñe a rezar, igual que Juan enseñaba a sus discípulos. Esta actitud de Jesús la debemos de imitar también nosotros, especialmente en este tiempo de vacaciones que solemos tener más tiempo para ello. La oración es una actitud fundamental en la vida de Jesús. La intimidad con el Padre, su diálogo continuo, el tiempo dedicado a estar en su presencia, es tan necesario en la vida de Jesús para poder llevar a cabo su misión. También lo ha de ser en la vida del cristiano. Es propio de la vida de un cristiano el dedicar tiempo a la oración. Para poder vivir la vida cristiana, es fundamental dedicar tiempo a estar con el Señor. Pero muchas veces decimos que no sabemos rezar. Cuántas veces, en mi ministerio sacerdotal, me encuentro con personas que me dicen “es que yo no sé rezar”. Esto puede pasar muchas veces. Pero hemos de darnos cuenta de que la oración es algo mucho más fácil de lo que parece. Pero sobre todo hemos de tener en cuenta que la oración es un don de Dios, es una gracia del Espíritu Santo, que es quien ora en nosotros. Por eso, como los discípulos en el Evangelio de hoy, hemos de pedirle también nosotros al Señor que nos enseñe a orar.

2. Orar con insistencia. Ante la petición de los discípulos, Jesús les enseña la oración más importante, la oración del Padrenuestro. Son las palabras con las que el mismo Jesús nos enseña a orar también a nosotros. No hace falta utilizar mucha palabrería para hablar con Dios. Basta con decir estas palabras, pero decirlas sabiendo bien lo que decimos, y haciéndolo con total confianza en Dios, que nos ama y que siempre está atento a nosotros. Pero después de enseñarles esta oración, Jesús les da una lección sobre la oración: hay que orar con insistencia. Esto lo enseña con la parábola de aquel hombre que, a medianoche, pide con insistencia a un amigo suyo que le preste tres panes. Si no se los da por ser amigo, dice Jesús, al menos se los dará por su insistencia y por su importunidad. Y justo después Jesús nos invita a pedir, pues el que pide recibe, a buscar, pues el que busca halla, y a llamar, pues al que llama se le abre. Con esta confianza hemos de pedirle a Dios. Y después Jesús compara la bondad de Dios con la bondad de un padre. Si un padre es capaz de dar cosas buenas a su hijo cuando éste se las pide, aunque el padre sea malo, mucho más Dios, que es bueno, dará cosas buenas a quien le pide.

¿Sabemos rezar el Padrenuestro? ¿Cómo lo hacemos? Tenemos que orar con esta hermosa oración dándonos cuenta de lo que decimos en cada frase, sintiéndolo en nuestro interior, comprometiendo nuestra vida con las palabras que decimos. Me emociona ver cómo hasta los niños de 2 años saben rezarlo. Que no pase un día de nuestra vida sin haber orado con el Padrenuestro. Hacerlo vida es la mejor manera de vivir el Evangelio.

3. Oración de intercesión. La Iglesia ha querido que la lectura del Evangelio de este domingo vaya precedida por la lectura del libro del Génesis en la que Abrahán pide con insistencia a Dios que perdone a los habitantes de las ciudades de Sodoma y Gomorra, a los que Dios quería castigar por su pecado. En Abrahán vemos un ejemplo de oración confiada y con insistencia a Dios, pero además un ejemplo de oración de intercesión. Y es que la oración no puede ser sólo por uno mismo, sino que ha de ser por los demás. Es un modo de oración muy importante para los cristianos, interceder ante Dios por los demás. La oración no es egoísta, no puede serlo, por eso la oración verdadera no es la que se hace mirando sólo a sino mismo, sino que se hace con la generosidad de pedir a Dios por los demás, por sus necesidades. La oración con insistencia de Abrahán ante Dios, que le pide que no castigue mortalmente a los habitantes de Sodoma y Gomorra, bajando cada vez más el número de justos que podría encontrar en la ciudad, es el modelo para nosotros de cómo hemos de orar ante Dios con insistencia por los demás, negociando con Dios, insistiéndole, como hace Abrahán. Por ello, un modo de ser solidarios con los demás, de entregarnos a ellos, es la oración. Por medio de ella, nosotros podemos buscar el bien del otro, ayudarle por medio de nuestras peticiones a Dios.

La oración, como nos enseña Jesús en el Evangelio, es algo fundamental en la vida de un cristiano. Una oración hecha con confianza, insistiendo a Dios y pidiéndole no sólo por nosotros y por nuestras necesidades, sino pidiendo sobre todo por los demás. Esto es lo que Dios quiere de nosotros. En la Eucaristía que estamos celebrando pidámosle a Dios con insistencia por las necesidades de los demás, especialmente cuando recemos juntos con la oración del Padrenuestro, la oración que el mismo Jesús nos enseñó.

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